Tú quizá has sentido alguna vez, ante la muerte de una persona querida, que tu amor no podía terminar en el cementerio. Has mirado una fotografía, has recordado una voz, has pronunciado un nombre en silencio, y algo dentro de ti te ha dicho que todavía podías hacer algo por esa alma.
Ese impulso no es una ilusión.
La fe nos enseña la existencia del Purgatorio, pero también la razón y el corazón parecen reconocerla. Porque si Dios es la santidad misma, nada impuro puede entrar en su Reino. En el Cielo no puede penetrar ninguna mancha, ninguna sombra de pecado, ninguna imperfección que se oponga a la pureza infinita de Dios.
El salmista se preguntaba: “Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo y descansará en tu monte santo?”. Y la respuesta es clara: solo quien vive sin pecado y camina en la justicia.
Pero entonces surge una pregunta seria, una pregunta que toca directamente tu vida y la mía: ¿qué sucede con las almas que mueren en gracia de Dios, pero todavía no están perfectamente purificadas? ¿Qué ocurre con quienes amaron a Dios, pero conservaron faltas, tibiezas, apegos, deudas de reparación, pequeñas manchas que no fueron limpiadas del todo en esta vida?
No pueden entrar todavía en el Cielo, porque Dios es infinitamente santo. Pero tampoco pertenecen al Infierno, porque murieron en la amistad de Dios.
Ahí aparece la misericordia del Purgatorio.
La razón nos dice que Dios, siendo infinitamente justo, no puede dejar sin purificación ni siquiera el pecado más leve, así como tampoco deja sin recompensa el más pequeño acto de virtud. Lo que no hayamos reparado en esta vida, deberá ser reparado después de la muerte. Y esa reparación, cuando el alma está salvada pero no plenamente purificada, se realiza en el Purgatorio.
Por eso esta doctrina no debe producir en ti miedo estéril, sino caridad viva. Debe impulsarte a evitar incluso las faltas pequeñas, porque también ellas pueden exigir purificación. Y debe moverte a rezar con ternura por las almas que ya están allí, sufriendo, esperando, deseando ver el rostro de Dios.
Un joven escocés, luterano, tenía un único hermano al que amaba profundamente. Un día, en medio de una fiesta mundana, aquel hermano murió de repente, víctima de una apoplejía fulminante. Lo que parecía una reunión alegre se convirtió, en un instante, en una escena de dolor y desconcierto.
Desde entonces, el joven quedó sumido en una angustia constante. No podía dejar de pensar en aquel paso tan brusco: de una fiesta humana al juicio temible de Dios. Le dolía imaginar que su hermano quizá no hubiera estado lo bastante puro para entrar inmediatamente en el Cielo.
Pero su religión protestante no le enseñaba la existencia de un lugar de purificación entre el Cielo y el Infierno. No encontraba consuelo. No sabía qué hacer con su amor, con su inquietud, con ese deseo profundo de ayudar todavía a su hermano.
Para distraerlo, le recomendaron viajar, y así llegó a Francia. Allí encontró a un sacerdote, a quien abrió su corazón y contó su dolor.
El sacerdote le respondió con sencillez y profundidad: “Amigo mío, todo hombre necesita expiar sus pecados, incluso en el más allá. Nuestra fe católica enseña que existe, entre el Cielo y el Infierno, un lugar intermedio donde las almas terminan de purificarse, y donde nosotros podemos socorrerlas con nuestras oraciones”.
Aquellas palabras fueron para el joven como una luz. La doctrina católica del Purgatorio no le quitaba seriedad al juicio de Dios, pero le devolvía una esperanza. Le decía que su amor todavía podía actuar, que sus oraciones podían ayudar, que su hermano no estaba necesariamente perdido ni abandonado.
Y aceptó la enseñanza de la Iglesia, porque descubrió que el Purgatorio respondía a una necesidad profunda de su corazón.
Tú también sabes algo de esa necesidad.
Cuando muere alguien que amas, no te basta decir: “Ya terminó todo”. Tu corazón se resiste a abandonar a esa persona en el olvido. Quieres rezar. Quieres pedir misericordia. Quieres creer que tus obras buenas, tus sacrificios, tus Misas ofrecidas, tus comuniones y tus lágrimas pueden alcanzar todavía a quienes partieron.
Y esa intuición es profundamente cristiana.
Joseph de Maistre decía que no hay dogma católico que no tenga raíces en las profundidades del corazón humano. Y el Purgatorio lo demuestra con una fuerza especial. Incluso personas alejadas de la fe, en momentos graves, sienten brotar de su interior una oración secreta por sus muertos. Como si Dios hubiera escrito en el corazón humano esta certeza: el amor puede seguir ayudando más allá de la muerte.
Por eso, no apagues ese impulso. Purifícalo. Hazlo oración. Hazlo caridad. Hazlo Misa ofrecida por tus difuntos.
Reza por tus padres, por tus abuelos, por tus hermanos, por tus amigos, por quienes te hicieron bien y por quienes quizá nadie recuerda. Reza también por las almas más abandonadas del Purgatorio. Ellas no pueden merecer por sí mismas, pero tú puedes interceder por ellas.
Y recuerda algo más: un día, tal vez tú también necesitarás esas oraciones.
Por eso, sé misericordioso hoy, para que otros sean misericordiosos contigo mañana. Auxilia ahora a las almas que sufren, para que ellas intercedan por ti cuando entren en la gloria.
Hazte miembro de nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España y únete a esta obra de amor, oración y esperanza. Porque rezar por las almas del Purgatorio no es mirar la muerte con tristeza: es creer que la caridad, cuando nace de Dios, puede atravesar la eternidad.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: Musée de Brooklyn, Public domain, via Wikimedia Commons
