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María no abandona a sus hijos en el Purgatorio

La Virgen María no deja de ser madre cuando termina nuestra vida terrena. Ella, que consuela a sus hijos en las enfermedades, en la soledad y en las pruebas de este mundo, continúa ejerciendo su maternidad sobre aquellos que se purifican antes de entrar en el Cielo.

Piensa en una madre que contempla a su hijo en medio de un gran sufrimiento y tiene la posibilidad de ayudarlo. ¿Podría permanecer indiferente? Mucho menos María, la más tierna y compasiva de todas las madres, puede olvidar a sus hijos del Purgatorio.

La tradición espiritual de la Iglesia la contempla como Madre de Misericordia y Consoladora de la Iglesia sufriente. San Vicente Ferrer enseñaba que, por su intercesión, las almas cautivas reciben continuamente alivio y auxilio. Santa Brígida afirmó haber escuchado de la Virgen estas palabras: “Yo soy la madre de todos los que están en el Purgatorio”.

Esta certeza debe llenar tu corazón de esperanza. María acompaña a sus hijos más allá de la muerte, alivia sus penas y presenta sus necesidades ante Jesucristo. Pero también desea servirse de ti. Ella puede inspirarte una oración, un rosario, una comunión o una Misa ofrecida por un difunto que necesita ayuda.

Una antigua historia muestra hasta dónde puede llegar su misericordia.

Una religiosa cuidaba desde hacía tiempo a una joven que vivía en condiciones deplorables. Después de una vida escandalosa, aquella mujer había contraído una grave enfermedad que provocaba el rechazo de todos. Su situación era tan penosa que sus vecinas la obligaron a refugiarse en una vieja casa aislada.

Solo la religiosa vencía su repugnancia y acudía a atenderla, llevándole lo necesario para sobrevivir. Sin embargo, recibía como respuesta insultos y malos tratos. Cuando intentaba hablarle de Dios, la enferma respondía con blasfemias.

Un día sufrió una crisis terrible y murió casi repentinamente. Pero en el momento decisivo, cuando estaba a punto de presentarse ante Dios, recordó la misericordia de María, a quien había invocado alguna vez durante su juventud.

Entonces exclamó:

“¡Tú, que no abandonas a quienes todos rechazan, Madre llena de ternura, ven en mi ayuda! Si me abandonas, estoy perdida”.

María escuchó aquella súplica desesperada. Alcanzó para la pecadora la gracia del arrepentimiento y la preservó de la condenación.

Al día siguiente encontraron su cuerpo en aquel miserable lugar. Todos pensaron que su alma se había perdido, y hasta la religiosa terminó por borrarla de su memoria.

Pero un día, con permiso de Dios, la difunta se le apareció y le dijo:

“Tú, que rezas por todo el mundo, ¿por qué te olvidas de mí?”.

La religiosa quedó asombrada. No podía creer que aquella mujer estuviera en el Purgatorio. Entonces la difunta le explicó la misericordia recibida en su agonía y le suplicó que rezara por su liberación.

Esta historia encierra una enseñanza que tú no debes olvidar: nunca puedes juzgar el destino eterno de una persona. Un último acto de arrepentimiento, una súplica nacida del fondo del alma y la intercesión maternal de María pueden obrar maravillas que permanecen ocultas a los ojos humanos.

Pero también revela algo más. Aquella alma, salvada por misericordia, necesitaba todavía oraciones. Y la persona que podía ayudarla la había olvidado.

¿Cuántas almas podrían dirigirte hoy una súplica semejante?

Recomienda cada día tus difuntos a la Virgen. Ofrece por ellos el rosario, una comunión, una pequeña renuncia o una visita a una iglesia donde María sea especialmente venerada. Reza también por quienes murieron alejados de la fe, por los pecadores que se arrepintieron en el último instante y por aquellas almas que todos consideran perdidas y nadie recuerda.

Sobre todo, haz celebrar una Santa Misa por tus seres queridos. La intercesión de María te conduce siempre a Cristo, y en la Eucaristía se hace presente el sacrificio redentor del Señor, la ayuda más poderosa que puedes ofrecer por los difuntos.

No abandones a tus padres, familiares y amigos después de su muerte. Pronuncia sus nombres ante Dios, encomiéndalos a la Virgen y pide para ellos el descanso eterno.

Únete también a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio.

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio

Juntos podemos rezar bajo el manto de María por quienes todavía esperan alcanzar la alegría del Cielo.

Toma hoy tu rosario. Ofrece una Misa. Pide a la Madre de Misericordia que visite, consuele y libere a sus hijos. María no los olvida. Tú tampoco debes olvidarlos.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Effems, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

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