Enclavados en las modernas ciudades europeas, se alzan auténticos gigantes de piedra desafiando al tiempo. Son las catedrales medievales, construidas por almas fervorosas que quisieron ver su fe inmortalizada a través de los siglos.
Contemplando en silencio el transcurrir de las eras históricas, constituyen una enseñanza viva de la sabiduría de la Iglesia Católica. En sus esculturas de piedra y en sus delicados vitrales de colores se refleja un orden ideal del universo. Por esta razón, la catedral fue llamada «Biblia de los pobres».
Algunas estatuas constituyen verdaderas obras maestras, tanto de la escultura románica como de la gótica.
En esta «Biblia de piedra y cristal», los artistas de antaño esculpieron innumerables parábolas que enseñan de manera viva las virtudes que el fiel católico debe practicar.
Una de esas historias representadas en piedra es la de Teófilo.
El hecho ocurrió en Sicilia y dio origen a la famosa leyenda que inspiró el auto sacramental El milagro de Teófilo, uno de los más célebres de la literatura medieval.
Fue escrita por el clérigo Eutiquiano de Constantinopla, quien fue testigo ocular de los hechos. Según el padre Crasset, lo confirman san Pedro Damián, san Bernardo, san Buenaventura, san Antonio y otros.
¿Cuál era el caso de Teófilo? Vicario de la Iglesia de Adana, en Sicilia, había administrado durante mucho tiempo, con dedicación y acierto, los bienes eclesiásticos, facilitando a su obispo la dirección de las almas.
Sin embargo, llegó el día en que el prelado entregó su alma al Creador, para gran desconsuelo y tristeza de los fieles.
¿Quién ocuparía la sede vacante? No había duda: Teófilo —se decía por todas partes.
El pueblo lo estimaba y lo quería como obispo, dignidad que él, por humildad, rechazó, respondiendo que su vocación era continuar desempeñando las funciones de vicario. Finalmente, otro obispo ocupó la sede vacante.
El nuevo prelado no confiaba en Teófilo y, algún tiempo después, lo destituyó de su cargo. La desolación invadió entonces el alma del eclesiástico.
Mientras vagaba por la ciudad, el demonio le susurraba:
—¡Perder el cargo! ¡La carrera! ¿Cómo pudieron hacerte esto a ti, Teófilo? ¡Esto no puede quedar así!
Fue en ese estado cuando el desdichado sacerdote llamó a la puerta del hechicero. Este, sin embargo, le negaba que existiera una solución sencilla:
—Solo hay una salida: invocar la ayuda de los infiernos.
Teófilo vaciló por un instante. Pero el resentimiento le corroía el corazón y terminó aceptando la propuesta. Invocado por el hechicero, el demonio apareció inmediatamente en toda su monstruosidad.
Entre gritos, blasfemias y palabras injuriosas, fue dictando a Teófilo los términos de los documentos, que debían ser escritos sobre pergamino con la propia sangre del exvicario y sellados con su anillo.
Debía renunciar a la Fe, a la Iglesia, a la Santísima Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo.
Arrodillándose, el exvicario rindió vasallaje al demonio, bajo su forma monstruosa. En la ceremonia medieval de vasallaje, el siervo juntaba sus manos y el señor feudal las cubría con las suyas, significando de ese modo que concedería protección a aquel que se sometía a su autoridad.
Al día siguiente, el obispo reconoció la falsedad de las acusaciones contra Teófilo, le pidió perdón y le restituyó en el cargo que había ocupado. La fortuna y el placer le sonreían, pero en su interior lo atormentaba un profundo malestar.
Lloraba sin cesar, con la conciencia desgarrada por el remordimiento del enorme pecado que había cometido.
Era como si una mano le oprimiera el corazón. Además, con solo pensar que su felicidad tendría que terminar algún día, se volvía profundamente infeliz.
Sobre todo, lo llenaba de terror saber de quién era siervo.
Finalmente, incapaz de soportar por más tiempo aquella situación, entró un día en una iglesia y, arrojándose a los pies de una imagen de la Santísima Virgen, lloró amargamente y le dijo:
—¡Oh, Madre de Dios, no quiero desesperar! Todavía me quedáis Vos, Vos que sois tan compasiva y tan poderosa para ayudarme.
El «milagro de Teófilo» tallado en piedra para enseñanza de los fieles (detalle), Notre-Dame de París.
Hizo lo mismo durante cuarenta días, renovando constantemente sus súplicas y pidiendo perdón.
Una noche se le apareció la Madre de Misericordia y le dijo:
—¿Qué has hecho, Teófilo? ¡Renunciaste a mi amistad y a la de mi Hijo y te entregaste a aquel que es enemigo tuyo y mío!
Teófilo, sin dejar de llorar, imploró la misericordia de la Madre de Dios. Recordando el ejemplo de otros pecadores, como el profeta-rey David, santa María Magdalena y san Pedro, terminó diciéndole:
—Señora, habéis de perdonarme y obtener para mí el perdón de vuestro Hijo.
Ella le respondió que podía perdonarle que la hubiese negado a Ella, pero que no podía perdonarle la negación de su Hijo:
—Consuélate, pues voy a rogar a Dios por ti.
Después de escuchar estas palabras, reanimado, Teófilo redobló sus lágrimas, sus oraciones y sus penitencias, permaneciendo siempre a los pies de la imagen de María. La Madre de Dios volvió a aparecérsele y le dijo amablemente:
—Teófilo, llénate de consuelo. He presentado a Dios tus lágrimas y tus oraciones. De hoy en adelante, guárdale gratitud y fidelidad.
El desdichado replicó:
—Señora mía, todavía no estoy plenamente consolado. El demonio conserva aún el impío documento en el que renuncié a Vos y a vuestro Hijo. ¿Podéis hacer que me lo devuelva?
Compadecida, Ella misma se ofreció a ir a buscar el pergamino al infierno. Durante tres días permaneció Teófilo postrado en tierra, al cabo de los cuales volvió a aparecer la Virgen llevando consigo el pacto maldito, que entregó a Teófilo como símbolo de su perdón.
Al día siguiente, Teófilo fue a la iglesia y, arrodillándose a los pies del obispo, que en aquel momento oficiaba, le contó entre sollozos todo cuanto le había sucedido.
Le entregó el impío documento, que el obispo hizo quemar inmediatamente ante los fieles presentes, mientras todos lloraban de alegría, exaltando la bondad de Dios y la misericordia de María para con aquel pobre pecador.
Teófilo regresó a la iglesia de Nuestra Señora y, al cabo de tres días, murió contento, lleno de gratitud hacia Jesús y su Santísima Madre.
En la escultura que representa el acontecimiento puede apreciarse con claridad esta culminación de la bondad de María. Mientras el vicario arrepentido ora fervorosamente, la Santísima Virgen obliga al demonio, espada en mano, a devolverle el pergamino.
Tres fisonomías caracterizan la escena: confianza y serenidad en Teófilo; protección maternal y fortaleza en Nuestra Señora; odio cínico y profunda desesperación en el demonio.
Fuente: san Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María.
https://catedraismedievais.blogspot.com/2014/12/a-historia-de-teofilo-o-clerigo-que.html
Foto: Felipe Barandiaran Porta
