Hay una verdad sobre el Purgatorio que debería cambiar tu manera de rezar por los difuntos.
Las almas que se encuentran allí aman perfectamente a Dios. Han elegido definitivamente al Señor y saben que un día contemplarán su rostro. Sin embargo, ya no pueden hacer nada para abreviar por sí mismas el tiempo de su purificación.
Mientras vivimos en la tierra, cada acto de amor, cada sacrificio aceptado con fe, cada confesión sincera, cada comunión y cada obra de caridad pueden hacernos crecer en santidad y reparar nuestras faltas. Nuestro tiempo es el tiempo del mérito. Todavía podemos responder libremente a la gracia de Dios.
Pero la muerte pone fin a ese camino.
Las almas del Purgatorio ya no pueden realizar nuevas obras de penitencia ni ganar nuevos méritos para sí mismas. Aceptan con paz la voluntad de Dios y soportan con amor la purificación que necesitan, pero esa aceptación no disminuye por sí sola la duración de sus penas.
Por eso esperan.
Esperan la misericordia de Dios manifestada a través de la Iglesia. Esperan que alguien rece por ellas. Esperan una indulgencia ganada en su favor, un rosario ofrecido con amor, un sacrificio escondido o, sobre todo, una Santa Misa.
En cierto modo, Dios ha querido poner parte de su alivio en nuestras manos.
¡Qué responsabilidad tan grande!
Quizá tú eres la única persona que todavía recuerda a un abuelo, a una tía, a un amigo, a un sacerdote o a un vecino fallecido. Tal vez esa alma ya no tiene quien pronuncie su nombre delante de Dios. Sin saberlo, puedes convertirte en el instrumento que el Señor quiere utilizar para consolarla.
El Evangelio nos ofrece una imagen que ayuda a comprender esta realidad.
Junto a la piscina de Siloé había un hombre paralítico. Esperaba desde hacía mucho tiempo el momento en que las aguas fueran agitadas, porque el primero que descendía quedaba curado. Pero había un problema: él no podía moverse.
Cuando Jesús le preguntó por qué no bajaba al agua, respondió con una frase llena de tristeza: «Señor, no tengo a nadie que me lleve hasta la piscina.»
No le faltaba el deseo de curarse. Le faltaba una mano amiga.
Así ocurre con las almas del Purgatorio.
Ellas desean con todo su ser llegar a la contemplación de Dios. Anhelan entrar definitivamente en la alegría del Cielo. Pero ya no pueden acelerar por sí mismas esa purificación. Esperan que alguien las ayude. Esperan un amigo.
Esperan que tú extiendas la mano mediante una oración, un rosario, una indulgencia o una Santa Misa ofrecida por su descanso eterno.
Piensa por un instante en lo que significa esta espera. Mientras nosotros seguimos ocupados con nuestras preocupaciones diarias, hay almas que confían silenciosamente en la caridad de la Iglesia. No pueden llamarte por teléfono ni escribirte una carta. No pueden pedirte ayuda con palabras humanas. Sin embargo, Dios ha querido que dependan, en parte, de la solidaridad espiritual de quienes todavía peregrinamos en este mundo.
Y esa solidaridad tiene una fuerza inmensa.
Cada oración ofrecida con fe alcanza el Corazón de Dios. Cada Misa celebrada por un difunto aplica los méritos infinitos del sacrificio de Cristo. Cada acto de amor realizado por las almas del Purgatorio se convierte en un torrente de misericordia que desciende sobre ellas.
Por eso no pienses nunca que rezar por los difuntos sirve de poco. Al contrario, es una de las obras de misericordia espiritual más grandes que puedes practicar.
Hoy eres tú quien puede ayudar. Mañana quizá serás tú quien necesite esa ayuda.
No olvides a tus padres, a tus abuelos, a tus familiares, a tus amigos y a los sacerdotes que te acercaron a Dios. No los abandones después de su muerte. Reza por ellos cada día. Haz celebrar una Santa Misa por su alma. Ofrece tus pequeños sacrificios con esa intención.
Y recuerda también a las almas más olvidadas, aquellas por las que ya nadie reza.
Únete a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio y forma parte de esta gran cadena de caridad que une a la Iglesia peregrina con la Iglesia que se purifica.
Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio
Hoy puedes ser esa mano que un alma espera desde hace tanto tiempo.
Sé ese amigo generoso. Tiende la mano. Reza. Ofrece una Misa. Y ayuda a que muchas almas lleguen cuanto antes al abrazo eterno de Dios.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: Gabriel von Max, Public domain, via Wikimedia Commons
