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No digas: “Ya murieron, no puedo hacer nada”

Tú has oído hablar del Purgatorio muchas veces, quizá desde niño, quizá en una oración por los difuntos, quizá en una Misa ofrecida por alguien que ya partió de este mundo. Pero tal vez nunca te has detenido a pensar seriamente qué es, por qué existe y qué significa para las almas que amamos.

El Purgatorio no es una idea vaga ni una simple imagen piadosa. Es una verdad de fe que nos habla, al mismo tiempo, de la justicia de Dios y de su misericordia.

La palabra misma nos lo indica: Purgatorio significa lugar de purificación. Es el estado en el que las almas que han muerto en gracia de Dios, pero que todavía no están completamente purificadas, son preparadas para entrar en el Cielo.

No es el Paraíso, porque en el Paraíso no puede entrar nada manchado. No es el Infierno, porque en el Infierno ya no hay redención ni esperanza. El Purgatorio está entre ambos: tiene algo de dolor, porque allí se purifica lo que todavía queda de pecado; pero tiene también algo del Cielo, porque las almas que allí sufren están salvadas y destinadas a ver a Dios.

Es un fuego que duele, pero purifica. Es un lugar de lágrimas, pero no de desesperación. Es una pena real, pero temporal. Cuando la purificación termina, Dios llama a esas almas hacia Él y las introduce en la alegría eterna.

Piensa en esto con seriedad: allí pueden estar ahora algunos de tus familiares, de tus amigos, de tus bienhechores, de las personas que amaste y que quizá todavía esperan la plenitud de la luz.

Y piensa también en algo más: quizá un día tú mismo necesites esa misericordia. ¿Quién puede decir con seguridad que morirá tan puro, tan desprendido, tan lleno de amor, que no tendrá nada que expiar? ¿Quién puede presentarse ante Dios y decir: “No hay en mí ninguna mancha, ninguna deuda, ninguna tibieza, ninguna falta de reparación”?

Por eso es tan importante conocer el Purgatorio. No para tener miedo sin esperanza, sino para amar más, rezar más y comprender que nuestros difuntos no están necesariamente lejos de nuestra caridad.

Un sacerdote, predicando sobre el Purgatorio, terminó un día su enseñanza con una confesión conmovedora.

Había recibido la noticia de la muerte de su padre. Estaba lejos de su familia, y aquella noticia le había partido el corazón. No había podido abrazarlo por última vez, no había podido cerrar sus ojos con aquella mano sacerdotal que su padre tanto amaba besar, especialmente desde el día en que había sido consagrada por la unción del sacerdocio.

En medio de ese dolor, decía el sacerdote, solo encontraba una consolación: poder recomendar el alma de su padre a las oraciones de los fieles.

Y añadía que, cuando subía al altar para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por el descanso de su padre, sentía que no lo había perdido del todo. Sentía que su oración podía aliviar sus penas, abreviar su purificación, sacarlo del Purgatorio y abrirle las puertas del Cielo, donde esperaba volver a encontrarlo en la casa de Dios.

Entonces exclamaba conmovido: “¡Qué pensamiento tan santo y saludable es rezar por los muertos! ¡Qué verdadera invención de la misericordia de Dios es el Purgatorio!” Y tenía razón.

Porque el Purgatorio no es una crueldad de Dios. Es una misericordia. Es el modo en que el Señor salva a las almas que aún no están listas para entrar en su gloria. Es el crisol donde el oro se purifica. Es el lugar donde desaparece la herrumbre del pecado, donde se borran las huellas de nuestras faltas, donde el alma es preparada para contemplar a Dios sin mancha.

Tertuliano llamaba a esos sufrimientos “tormentos de la misericordia”. Es una expresión fuerte, pero profunda. Porque allí se sufre, sí, pero se sufre para entrar en el amor eterno. Allí hay dolor, pero no condenación. Allí hay espera, pero no abandono.

Por eso tú puedes ayudar.

Dios, en su misericordia, no solo salva por medio del Purgatorio a quienes hemos amado, sino que también nos da medios para abreviar sus penas. Nos permite rezar por ellos. Nos permite ofrecer sacrificios. Nos permite ofrecer Misas. Nos permite convertir nuestra caridad en alivio para sus almas.

No digas: “Ya murieron, no puedo hacer nada”. Puedes rezar un Rosario. Puedes ofrecer una comunión. Puedes aceptar una dificultad del día por ellos. Puedes mandar celebrar una Misa por su alma. Puedes pronunciar sus nombres durante el Memento de los difuntos. Puedes pedir a Dios que les conceda descanso, luz y paz.

Y quizá, gracias a esa oración, un alma que todavía espera podrá entrar en la gloria. No olvides a tus muertos. No los reduzcas a un recuerdo, a una fotografía o a una fecha. Ámalos todavía con una caridad viva. Ayúdalos con los medios que la Iglesia te ofrece.

Te invito a unirte a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio, para formar parte de esta gran obra de caridad espiritual:

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Porque rezar por las almas del Purgatorio no es solo mirar hacia la muerte: es trabajar, desde la tierra, para abrir el Cielo a quienes amamos.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: FredSeiller, CC BY-SA 4.0 via Wikimedia Commons

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