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La Eucaristía, socorro invisible para nuestros difuntos

Tú puedes hacer más por un difunto de lo que imaginas. Muchas veces piensas en tus seres queridos que ya partieron. Los recuerdas. Los extrañas. Quizá incluso rezas por ellos de vez en cuando. Pero tal vez no siempre mides la fuerza real que tiene una comunión ofrecida con amor por las almas del Purgatorio.

La doctrina católica nos enseña algo profundamente consolador: la comunión, sacramental o espiritual, es un socorro poderoso para esas almas que esperan entrar en la luz del Cielo. 

¿Por qué? Porque al recibir la Eucaristía, tú te unes íntimamente a Cristo. Ya no es solo tu oración la que se eleva. Es Jesús mismo, vivo en ti, quien intercede ante el Padre. Su amor, su sacrificio y su presencia dan a tu súplica un valor inmenso.

Las almas del Purgatorio ya no pueden recibir sacramentalmente la Eucaristía. Ya no pueden ganar méritos por sí mismas. Ya no pueden volver atrás para reparar. Esperan. Confían. Aman. Sufren. Y aguardan que la Iglesia peregrina, es decir, tú, rece y ofrezca por ellas.

Cada Misa. Cada comunión fervorosa. Cada intención silenciosa ofrecida por un difunto puede convertirse para esas almas en alivio, consuelo y avance hacia la visión eterna de Dios.

Y aquí hay algo muy importante para el cristiano de hoy. No siempre puedes comulgar sacramentalmente. A veces no tienes Misa cerca. A veces no puedes asistir. A veces estás en medio de la jornada, del ruido, del cansancio, de la lucha diaria. Pero incluso entonces no estás desarmado. Existe la comunión espiritual.

La comunión espiritual es un acto de deseo ardiente. Es decirle a Jesús: “Te quiero en mi alma. Me uno a Ti. Ven a mi corazón”. Los santos la recomendaron con insistencia. San Alfonso María de Ligorio enseñaba su inmenso valor. Una comunión espiritual hecha con fe y amor puede dar frutos extraordinarios, incluso mayores que una comunión sacramental recibida con tibieza.

Por eso, en cualquier momento del día, tú puedes detenerte y decir con sencillez: “Señor Jesús, te deseo y me uno a Ti. Concede el descanso eterno a las almas del Purgatorio. Que descansen en paz”.

Y para entender mejor esta misión, piensa en una escena impresionante del libro de Daniel.

Imagina la noche. El decreto del rey ya ha sido pronunciado. La ley es dura. Nadie puede desafiarla sin pagar el precio. Daniel, fiel al Dios verdadero, no ha querido inclinarse ante una orden injusta. Por eso es acusado. Por eso es llevado ante el rey. Darío lo aprecia, incluso lo quiere salvar, pero se encuentra atrapado por su propia ley. Su corazón está dividido: ama a Daniel, pero no puede negar la justicia que él mismo ha proclamado.

Llega entonces el momento terrible. El foso de los leones está abierto. Es un lugar de oscuridad, de miedo y de muerte segura. Todo parece perdido. Daniel desciende. El rey lo mira con tristeza. Y antes de dejarlo caer en ese abismo, le dice algo conmovedor, algo que parece brotar de un corazón impotente pero todavía lleno de esperanza: “Daniel, siervo del Dios vivo, que el Dios a quien sirves sin cesar te libre”.

Qué escena. Un hombre inocente. Un rey que no puede salvarlo. Una ley que pesa. Y una confianza puesta enteramente en la misericordia de Dios.

Pero durante la noche ocurre el milagro. Dios interviene. Cierra las fauces de los leones. Lo que debía despedazar a Daniel ya no puede tocarlo. Las bestias se vuelven impotentes ante la protección divina. Y no solo eso. Dios no abandona a su siervo en la oscuridad. Lo sostiene. Lo guarda. Lo alimenta en medio de la prueba. El lugar de condena se convierte misteriosamente en lugar de espera y de auxilio.

Esta imagen ayuda a comprender algo del Purgatorio. Dios ama a esas almas. No las rechaza. No las ha perdido. Son suyas. Están salvadas. Pero aún deben ser purificadas. Su justicia no puede introducirlas inmediatamente en la plenitud del Cielo si todavía queda en ellas algo que expiar. Entonces las deja en esa espera dolorosa, pero llena de esperanza.

Y allí apareces tú. Tú puedes ser, para esas almas, ese socorro que llega desde fuera. Tú puedes llevarles el alivio que ellas ya no pueden procurarse por sí mismas. Tú puedes acercarles, por la oración, por la comunión espiritual, por la comunión sacramental y sobre todo por el Santo Sacrificio de la Misa, ese alimento de gracia que tanto necesitan.

Qué misión tan alta. Qué caridad tan concreta. Qué obra tan olvidada.

Hoy el mundo te empuja a ocuparte de todo, menos de lo eterno. Pero no olvides a tus difuntos. No olvides a las almas del Purgatorio. Reza por ellas. Ofrece tus comuniones. Haz comuniones espirituales durante el día. Y, sobre todo, manda celebrar una Misa por tus padres, tus abuelos, tus familiares, tus amigos difuntos. Una sola Misa ofrecida con fe vale más de lo que tú puedes medir.

No los abandones. Tal vez esas almas esperan precisamente tu oración. Tal vez esperan tu comunión ofrecida. Tal vez esperan esa Misa que tú todavía no has pedido.

Por eso te invito a dar un paso más. No camines solo. Únete a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio: Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Forma parte de una comunidad que reza y actúa. Que une oración y caridad. Que convierte cada gesto cotidiano en ayuda concreta para quienes esperan la luz eterna.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Jl FilpoC, CC BY-SA 4.0 via Wikimedia Commons

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