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En el castillo medieval: intercambio de buenos oficios

Por el mismo proceso mediante el cual la familia —creciendo, multiplicándose, incorporando nuevos miembros— llegó a formar la mesnada, esta dio origen al feudo.

El feudo es, por tanto, el estadio más evolucionado de la organización social de base familiar.

Comprende al barón y a su familia cercana, las ramas cadetes de su estirpe y los vasallos nobles que le prestan ayuda, recibiendo en recompensa cargos, tierras u otros bienes y formando así su parentela.

Todo este conjunto constituía la nobleza, cuya misión era gobernar el feudo y combatir para su defensa.

Otra clase constitutiva del feudo era el clero —capellanes, monjes y párrocos—, cuya existencia estaba consagrada a la oración, a la enseñanza y a la asistencia de los desvalidos.

Por último, el pueblo, formado por la burguesía —comerciantes y artesanos— y por la plebe —agricultores y siervos—, cuya misión era producir lo necesario para el sustento de todos.

Semejante a esta era la organización de los feudos eclesiásticos, es decir, de aquellos cuyo señor era el obispo o el abad y, en el caso de las órdenes femeninas, la abadesa.

El castillo feudal evolucionó.

Dentro de la primera muralla protectora, jalonada de torres y rodeada por el foso, se encuentran la capilla y las habitaciones de los soldados, ya no construidas en madera, sino en piedra y ladrillo.

La segunda zona, separada de la primera por una nueva muralla con foso y puentes levadizos, forma una segunda línea de defensa, albergando las residencias del señor y de su familia, así como las de los nobles que le prestan servicio.

La seguridad del castillo permite que el barón viva en un bello y amplio palacio, y ya no en la torre del homenaje.

Esta permanece, detrás de una tercera muralla, como último reducto de la defensa y puesto de vigilancia.

Por lo general, el castillo se encuentra en lo alto de una elevación, y la torre del homenaje se sitúa del lado de la pendiente más escarpada, lo que hace más difícil atacarla.

El feudo se funda, como la familia y la mesnada, en el amor mutuo que une a sus miembros.

El barón debe a sus súbditos protección, asistencia y defensa.

Él vela por todos en las dificultades y administra justicia cuando surgen conflictos.

Su autoridad, sin embargo, no es absoluta. Las costumbres tienen en el feudo fuerza de ley, y el barón no puede, aunque quiera, derogar los usos ni modificar los derechos que la tradición ha consagrado.

A su lado, su esposa es madre para todos los súbditos, a quienes ayuda o aconseja en sus necesidades, dedicándose especialmente a enseñar y educar a las jóvenes hasta el matrimonio.

Los súbditos deben servir al señor con amor y fidelidad, seguir su consejo en las cuestiones importantes y pedir su consentimiento para casarse, del mismo modo que el propio señor feudal deberá pedirlo al noble o al rey del que él mismo es vasallo directo.

Los súbditos más destacados colaboran con el barón en la administración de justicia y en los consejos reunidos para las grandes deliberaciones.

Los deberes recíprocos están detalladamente establecidos en juramentos religiosos, cuyos textos se conservan hasta hoy.

Los vasallos veían la fidelidad como un deber, pero también como un beneficio: «La gente sin señor se encuentra en muy mala situación», dice un proverbio de la época.

En efecto, quien no tiene señor debe afrontar solo las luchas y penurias de la vida, en aquellos tiempos todavía tan ásperos.

Hay en el feudo una jerarquía muy variada e intrincada, y no solamente la autoridad total de un solo señor sobre una multitud de súbditos iguales.

Los nobles se distribuyen en grados interdependientes; los trabajadores pueden ser súbditos tanto directamente del señor como de alguno de sus nobles, o incluso de burgueses, y estos pueden hallarse bajo la dependencia de este o aquel suzerano.

Incluso entre los siervos existe una jerarquía, con varias subordinaciones, habiendo incluso siervos que lo son de otros siervos.

Los siervos de la gleba, de los que tanto se ha hablado, eran trabajadores manuales ligados a una tierra que no podían abandonar, pero de la cual, en compensación, tampoco podían ser expulsados.

Tenían derecho a protección y ayuda y podían exigir al señor que los sustentara en épocas de crisis, mientras que, en iguales circunstancias, quienes eran libres llegaban a morir de hambre.

Su condición, dura al principio, pero poco a poco suavizada por influencia de la Iglesia, no era esclavitud, pues sus obligaciones estaban bien delimitadas y el señor no tenía autoridad absoluta sobre ellos.

Era, más o menos, como un contrato de enfiteusis vitalicio e irrevocable para ambas partes.

Los siervos constituían un grado, aunque ínfimo, de la estructura familiar que formó la civilización feudal.

Por ello, entre ellos y sus señores se repetían los mismos sentimientos de unión, entrega y amor que constituían la base de la vida social.

En las crónicas del señor Amis se lee que, habiendo quedado leproso, fue expulsado del castillo por su esposa, rechazado por los campesinos y echado incluso del hospital de caridad.

Dos siervos de la gleba, sin embargo, lo dejaron todo para seguirlo, cuidándolo como a un padre y llegando incluso a mendigar para sostenerlo.

En la Edad Media se vio muchas veces el admirable espectáculo de siervos levantándose en masa para ir a liberar a su señor, caído prisionero.

Fuente: https://castelosmedievais.blogspot.com/2015/08/no-castelo-medieval-troca-de-bons.html

Foto: Célia Ascension, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

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