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El remordimiento del Purgatorio: cuando el alma ve toda su vida

Tal vez pocas veces te detienes a pensar en una de las penas más profundas del Purgatorio: no solo el dolor que purifica, sino el remordimiento que ilumina toda una vida con la verdad de Dios.

Porque el alma que está en el Purgatorio ya ve con una claridad que nosotros todavía no tenemos. Ya no se engaña. Ya no se justifica. Ya no se esconde detrás de excusas, distracciones o falsas tranquilidades. Allí, ante la luz de Dios, ve su vida entera con una verdad absoluta.

Y entonces comprende el mal que pudo evitar.

Ve las faltas que cometió y que habría podido vencer con la gracia de Dios. Ve los pecados que no confesó, quizá porque los consideró pequeños, porque no examinó bien su conciencia, porque se acostumbró a vivir con tibieza o porque dejó pasar demasiadas ocasiones de conversión.

Ese descubrimiento hiere profundamente al alma. No porque Dios sea cruel, sino porque la verdad purifica. El alma comprende que Dios fue justo, que Dios fue misericordioso, que Dios le dio gracias, advertencias, sacramentos, oportunidades, ejemplos buenos, llamadas interiores… y que ella no siempre respondió con amor.

Entonces nace ese remordimiento ardiente, esa pena interior que los autores espirituales comparan con un gusano que roe sin descanso. En el infierno, dice el Evangelio, ese gusano no muere nunca. En el Purgatorio morirá un día, porque el alma será liberada; pero mientras dura, muerde con una intensidad terrible.

El alma puede decir: “Dios mío, Tú eres justo. Yo soy la causa de mi sufrimiento. Si pudiera volver a la tierra, cómo te serviría, cómo evitaría el pecado, cómo aprovecharía cada día para amarte más”. Pero ya no puede volver.

Y aquí está la enseñanza para ti: tú sí puedes cambiar ahora. Tú sí puedes confesarte. Tú sí puedes rezar más. Tú sí puedes hacer penitencia. Tú sí puedes ofrecer tus dolores, corregir tu vida, pedir perdón, practicar el bien que tantas veces dejas para después.

Porque el remordimiento del Purgatorio no viene solo del mal cometido. También viene del bien que no se hizo.

El alma ve las oraciones omitidas, las obras de caridad postergadas, las misas despreciadas, las comuniones recibidas con frialdad, las gracias desperdiciadas, los pobres no socorridos, los difuntos no recordados, las penitencias que pudo ofrecer y no ofreció.

Comprende que, si hubiera aceptado con paciencia las penas inevitables de la vida, tal vez habría hecho su purificación en la tierra. Comprende que unas pequeñas mortificaciones, unas renuncias humildes, una vida más generosa y más fiel habrían podido ahorrarle dolores mucho mayores.

Gerson, canciller de la Universidad de París, cuenta una historia que debe tocar tu corazón.

Una pobre madre, olvidada desde hacía mucho tiempo por su propio hijo, recibió de Dios el permiso de aparecerse para pedirle ayuda. Se presentó ante él sufriendo, llena de dolor, y le dijo con palabras desgarradoras:

“Hijo mío, querido hijo mío, piensa un poco en tu pobre madre, que sufre tanto”.

Le explicó que la Justicia de Dios la hacía expiar las faltas de su vida mortal, pero que el tormento más insoportable no era solo el dolor exterior, sino el remordimiento: el arrepentimiento amargo de haber amado tan poco a Dios, después de haber recibido tantas gracias.

“Ay”, decía, “haber ofendido a un Dios tan grande, tan santo, tan justo, a un Padre tan tierno, a un bienhechor tan generoso. Esta idea me aplasta a cada instante. Este gusano que roe es como un puñal agudo que me atraviesa sin darme la muerte”.

Y, sin embargo, reconocía la justicia de Dios. Golpeándose el pecho, repetía: “Dios mío, Tú eres justo y equitativo; si sufro cruelmente, es por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

Después suplicó a su hijo que tuviera piedad de ella, que rezara por su alma, que la ayudara a ser liberada de aquel tormento y que él mismo sirviera a Dios mejor que su madre, muriendo un día con verdadera contrición en el corazón.

El hijo escuchó la advertencia. Rezó mucho por su madre. Y aquella aparición cambió también su propia vida, hasta el punto de morir él mismo santamente. Ahora piensa en tus propios difuntos.

¿Y si alguno de ellos te estuviera diciendo hoy: “Hijo mío, amigo mío, hermano mío, piensa un poco en mí”? ¿Y si alguno de tus seres queridos esperara una Misa, un Rosario, una comunión ofrecida, una limosna, una oración sencilla pero llena de amor?

No los olvides. No dejes que tus días pasen sin rezar por ellos. No esperes a que el remordimiento llegue demasiado tarde. Haz ahora el bien que puedes hacer. Confiesa tus pecados. Huye del mal. Practica la caridad. Y ofrece sufragios por las almas del Purgatorio, especialmente por tus familiares, amigos y bienhechores difuntos.

La Santa Misa es el mayor auxilio que puedes ofrecer. En ella, Cristo mismo se entrega al Padre, y sus méritos infinitos pueden aliviar, purificar y liberar a las almas que esperan el Cielo.

Hazte miembro de nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio y únete a esta obra de misericordia: 

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Reza por quienes ya no pueden merecer por sí mismos. Ofrece una Misa por tus seres queridos. Hoy todavía puedes amar por ellos. Hoy todavía puedes ayudarlos. Hoy tu oración puede abrirles el camino hacia la luz eterna.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Wolfsberg Pfarrkirche, Neithan90, CC0, via Wikimedia Commons

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