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No dejes perder este tesoro: ofrece indulgencias por tus difuntos

Tú quizá has oído esta palabra alguna vez: indulgencia. Tal vez te suena lejana. Antigua. Difícil. Incluso confusa.

Y sin embargo, si comprendieras de verdad lo que es una indulgencia, empezarías a verla como un regalo inmenso de la misericordia de Dios. Un regalo para ti. Y también para las almas del Purgatorio.

Porque las indulgencias no son una devoción secundaria. No son un detalle piadoso sin importancia. Son uno de los medios más poderosos que la Iglesia pone en tus manos para aliviar a los difuntos.

La doctrina católica enseña que la indulgencia borra, en todo o en parte, la pena temporal debida por pecados que ya han sido perdonados. Es decir: la culpa ha sido perdonada, sí, pero aún puede quedar una purificación necesaria. Y precisamente allí interviene este don admirable de la Iglesia.

¿Cómo es posible? Porque Cristo ha confiado a su Iglesia el tesoro infinito de sus méritos, junto con los de la Virgen María y los santos. No hablamos de algo simbólico. Hablamos de una verdadera corriente de gracia. De un río espiritual que la Iglesia abre para el bien de las almas.

Después de la Santa Misa y de la comunión, las indulgencias están entre las ayudas más grandes que puedes ofrecer a un difunto.

Puedes aplicarlas por un alma concreta. Por tu padre. Por tu madre. Por un amigo. Por un esposo. Por un hijo. O incluso por esa alma olvidada por todos, por esa alma por la que nadie reza ya.

Piensa en eso. Tú puedes abreviar su purificación. Tú puedes aliviar su sufrimiento.

Tú puedes, si Dios lo dispone, contribuir a que una indulgencia plenaria la introduzca en la gloria del Cielo.

Y no, no es un camino reservado a unos pocos. La Iglesia no te pide cosas imposibles. Para ganar una indulgencia, se requieren condiciones claras: estar en estado de gracia, tener intención de obtenerla y cumplir el acto prescrito. A veces será una oración. A veces una lectura de la Sagrada Escritura. A veces una visita, una adoración, un acto de piedad, junto con las condiciones habituales cuando se trata de indulgencia plenaria.

Es un tesoro accesible. Está a tu alcance. Y, sin embargo, cuántas veces lo dejas pasar.

Tal vez porque no ves con los ojos del alma el valor inmenso de estas gracias. Pero una antigua historia lo expresa de una forma inolvidable.

Un predicador franciscano había dado un sermón sobre la caridad. Al terminar, concedió a sus oyentes diez días de indulgencia, según la facultad recibida del Sumo Pontífice. Entre los presentes había una dama venida a menos. Conservaba de su antiguo rango una cierta vergüenza. No quería hacer pública su miseria. Pero la necesidad apretaba. Entonces se acercó en secreto al buen religioso y le abrió su corazón.

El fraile no tenía dinero para darle. No podía sacarla de su pobreza con oro ni con plata. Y le respondió casi como san Pedro al paralítico de Jerusalén: “No tengo ni oro ni plata, pero te doy lo que tengo”. Luego le hizo una propuesta sorprendente.

Le dijo que fuera a ver a un banquero, un hombre poco preocupado hasta entonces por los bienes espirituales, y que le ofreciera, a cambio de una limosna, el mérito de aquellos diez días de indulgencia, para disminuir así las penas que algún día él mismo podría sufrir en el Purgatorio.

La mujer obedeció con sencillez. Fue al banquero. Él la recibió con amabilidad, aunque con cierta diversión. Aquello le parecía extraño. Casi un juego. Le preguntó cuánto quería recibir a cambio de sus diez días de indulgencia.

La mujer respondió con una frase desconcertante: “Tanto como pesen en la balanza”.
El hombre, divertido, aceptó el reto. Colocó una balanza. Le pidió que escribiera en un papel: “Diez días de indulgencia”, y lo pusiera en uno de los platillos. En el otro, él dejó caer una moneda.

Pero ocurrió algo inesperado. El platillo del papel no se movió. Al contrario: parecía pesar más.

El banquero añadió otra moneda. Luego varias. Cinco. Diez. Treinta. Cien. Siguió poniendo dinero hasta alcanzar la suma que aquella mujer necesitaba realmente. Solo entonces la balanza quedó equilibrada.

Aquel hombre recibió una lección que no olvidaría jamás. Comprendió, por fin, que los tesoros del Cielo tienen un peso que el mundo no sabe medir.

Y si un banquero pudo quedar sacudido por esa verdad, cuánto más deberías conmoverte tú. Porque las almas del Purgatorio entienden aún mejor el valor de una indulgencia. Por la más pequeña de ellas, darían todo el oro del mundo.

No las prives de ese alivio. No desperdicies este río de gracias. Ofrece indulgencias por tus difuntos. 

Hazlo con regularidad. Hazlo con amor. Hazlo con fe.

Para eso, ¡únete a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio!
Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Reza con nosotros. Gana con nosotros estas gracias de la Iglesia. Ofrécelas con nosotros por quienes esperan la luz. Porque ayudar a un alma del Purgatorio es ejercer una caridad que atraviesa la muerte y toca la eternidad.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Luis Fernández García, CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons

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