En el Purgatorio hay almas que sufren en silencio. No están condenadas; están salvadas, pero esperan. Esperan la luz plena de Dios. Y, mientras esperan, padecen.
Piensa en esto: hay almas que nadie recuerda. Nadie pronuncia su nombre. Nadie ofrece una oración por ellas.
La Iglesia, en su misericordia, reza cada día por los difuntos, pero muchas de estas almas no reciben ninguna ayuda particular, ninguna súplica personal, ningún gesto de amor dirigido a ellas.
Y su dolor es mayor porque no fueron desconocidos. Fueron personas que amaron. Personas que tuvieron amigos, familia, afectos. Quizá alguien les prometió: «Nunca te olvidaré». Pero el tiempo pasó, llegaron las ocupaciones y el recuerdo se apagó.
Escucha, en el fondo del corazón, ese clamor silencioso: «Ten piedad de nosotros. Nos amaste una vez. No nos olvides ahora».
Pregúntate con sinceridad: ¿rezas por los que murieron? ¿Recuerdas a tus amigos de infancia, a tus abuelos, a quienes te hicieron bien?
San Francisco de Sales advertía que olvidamos demasiado pronto a nuestros muertos, aunque ellos nos hayan amado profundamente.
Algunas almas están incluso abandonadas por su propia familia. Sus tumbas no reciben visitas. Su nombre ya no se pronuncia en la mesa. Y, sin embargo, siguen esperando una sola oración, un solo acto de caridad que alivie su pena.
Tú puedes ser para ellas lo que ya no tienen: un hermano, un hijo, un amigo. Una oración, un pequeño sacrificio, una misa ofrecida por ellas es una obra de caridad inmensa.
Para comprender mejor esta realidad, escucha esta historia.
En un pueblo tranquilo, una tarde la campana sonó con horror. Se había descubierto que un joven, arrastrado por un cómplice sin escrúpulos, había participado en el asesinato de su propia madre. La habían arrojado a una laguna oscura, al borde de los campos.
La mujer luchaba en el agua. Extendía los brazos hacia la orilla… hacia su hijo. Aquellas manos que un día lo habían sostenido ahora pedían ayuda. El cómplice la empujaba sin piedad cada vez que intentaba salir.
Entonces ocurrió algo. El hijo, al ver la mirada agonizante de su madre, sintió quebrarse su dureza. Dio un paso. Le tendió la mano. Era un gesto pequeño, pero lleno de arrepentimiento.
Pero fue tarde. El cómplice la empujó de nuevo. El agua se cerró. Y el silencio cayó. La mano que el hijo había querido ofrecer quedó vacía.
El Purgatorio se parece a ese lago invisible. Allí hay almas que tienden los brazos. Tal vez son personas a quienes conociste. Tal vez incluso personas a quienes no ayudaste como debías en vida.
Ellas no gritan con reproche, sino con esperanza: «Ayúdanos. Una misa, un rosario, una penitencia pueden aliviarnos».
Mientras tú sigues con tu vida, ellas esperan. Y están unidas a ti en el Cuerpo de Cristo.
Ahora vuelve a la verdad esencial: tú puedes actuar.
Nada es más eficaz para las almas del Purgatorio que la Santa Misa ofrecida por ellas. Después, el rosario, las oraciones, los pequeños sacrificios hechos con amor. No es necesario nada extraordinario. Basta la caridad.
Y recuerda esto: las almas que ayudas no olvidan. Cuando lleguen al Cielo, intercederán por ti. Serán tus amigas, tus protectoras, tus intercesoras ante Dios.
Un día, también tú necesitarás misericordia. También tú pasarás por la purificación. ¿No querrías entonces que alguien rezara por ti?
No esperes. Empieza hoy.
¿Todavía no eres miembro del Oratorio Virtual?
¡Únete y ayuda a las almas que esperan nuestras oraciones!
Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España
Reza por las almas del Purgatorio. Ofrece una misa por tus difuntos. Pronuncia sus nombres. Guárdalos en tu corazón.
Y dales, por tu oración, el consuelo que esperan.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto : Pontevedra, Lourizán Lameiro, CC BY-SA 4.0 via Wikimedia Commons
