Tú vives en el tiempo terrenal: minutos, horas, días. Pero las almas del Purgatorio
viven otro tiempo, un tiempo que quema, que pesa, que se alarga como un desierto
sin horizonte.
La Iglesia nunca ha fijado una duración exacta para las penas del Purgatorio. Sin
embargo, reconoce que su purificación puede ser larga, muy larga. Por eso existen
las misas aniversario, los trentinos y tantas oraciones que la tradición ha conservado
durante siglos.
Algunos grandes santos, como el cardenal Belarmino, afirmaban que ciertas almas
podrían permanecer allí hasta el Día del Juicio Final, a no ser que la caridad de los
vivos —tu caridad— venga a liberarlas antes.
Dime: ¿quién puede medir el tiempo que necesita un alma para recuperar la pureza
angélica que exige ver a Dios cara a cara? Solo Él lo sabe.
Pero la Iglesia nos advierte: sus sufrimientos son reales y su espera es terrible.
Imagina esperar. Sufrir. Esperar otra vez. Cada minuto se convierte en una
eternidad.
Cada instante pesa como un siglo. Y esas almas, incapaces de ayudarse a sí
mismas, levantan los ojos hacia ti.
«Señor, ten piedad de estas almas. Enciende en nosotros el fuego de la caridad
para no abandonarlas».
La propia Santa María-Denise de la Visitación explicó por qué algunas almas deben
purificarse durante largo tiempo:
– La pureza perfecta que exige entrar en la presencia de Dios.
- La multitud de nuestras faltas veniales.
– El poco arrepentimiento que tuvimos al confesarnos.
– La total impotencia de las almas para aliviarse ellas mismas.
Y, quizá lo más doloroso… el olvido de los vivos.
Tú y yo caemos a menudo en esta trampa: creemos que nuestros difuntos «ya están
en paz», los canonizamos en nuestra mente. Pero los santos hacían lo contrario:
rezaban sin descanso por sus familiares fallecidos, porque sabían que el amor
verdadero no termina con la muerte.
¿Y nosotros? ¿Permitiremos que quienes amamos sigan sufriendo solo porque
hemos olvidado rezar?
Tú no aguantarías ni un minuto con la mano dentro de una llama. ¿Cómo aceptar
entonces que un ser querido soporte ese fuego purificador durante años, quizá
décadas?
Para comprenderlo mejor, déjame contarte una historia real que ilumina esta verdad.
En el siglo XVIII, un hombre encarcelado desde hacía años escribió a una dama
influyente:
«Señora, el 25 de marzo de 1760 habré sufrido cien mil horas… y me quedan
doscientas mil más. ¡Ten piedad de un martirio tan largo!»
Cien mil horas: once años. Doscientas mil: veintidós más. Doblemente prisionero:
del tiempo… y del dolor.
En otro lugar, en un monasterio silencioso, dos religiosos habían hecho una
promesa: «El primero que muera tendrá una misa al día siguiente, ofrecida por su
hermano».
Uno murió de noche. El otro cumplió su promesa al amanecer y, después de la
misa, se quedó rezando en acción de gracias.
De pronto, apareció el hermano difunto, radiante, pero con el rostro grave:
—«Hermano… ¿dónde quedó tu promesa? Me dejaste esperar más de un año».
—«¿Un año? ¡Pero si acabo de terminar la misa!»
—«Tú no puedes imaginar cuánto se dilata el tiempo aquí. Ese sacrificio me era
necesario para salir de estas llamas. El Purgatorio hace que un instante parezca un
siglo».
Y desapareció, diciendo: «Ahora voy al Cielo… y rezaré por ti».
Entre la carta del prisionero y esta aparición descubres la misma lección: cuando el
dolor no tiene alivio, una hora basta para parecer una eternidad. Y las almas del
Purgatorio viven ese tiempo… esperando tu ayuda.
No lo olvides: el mayor sufrimiento del Purgatorio no es el fuego, sino la espera. Una
espera que solo tú puedes abreviar.
Tus difuntos quizá no pueden hablarte, pero te dicen en silencio: «No nos olvides.
Una misa. Un rosario. Un pequeño sacrificio. Sácanos de aquí».
Y cuando lleguen al Cielo, cuando su purificación termine, no te dejarán solo. Te
acompañarán en tu propia hora final. Intercederán por ti. Te obtendrán la
misericordia que tú tuviste con ellos.
Hoy ellos te necesitan. Mañana, tú los necesitarás a ellos. Tú puedes ser el
instrumento que Dios use para liberar un alma.
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Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España
Ofrece una misa. Reza un rosario. Da un sacrificio pequeño. Acorta un siglo. Libera un
alma. Y un día, esa alma abrirá para ti la puerta del Cielo.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles,
liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: Almas del Purgatorio en la iglesia de las Almas en Santiago de Compostela.
Haylli , CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons
