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No confundamos humildad con debilidad

Trabajó [san Pablo] con todo el fervor del alma de apóstol para que los hombres conocieran a Jesucristo más y mejor, y no lo conocieran tanto por las cosas que tenían que creer como por las cosas que tenían que vivir. Pues predicó todos los dogmas y preceptos de Cristo, incluso los más severos, sin ninguna reticencia ni suavización: habló de humildad, abnegación, castidad, desprecio por las cosas terrenales, perdón de los enemigos, y otros temas similares.

Tampoco tuvo miedo de proclamar que es necesario elegir entre Dios y Belial, ya que no es posible servir a ambos; que todos, tan pronto como dejen esta vida, deben tener un juicio terrible; que con Dios no es posible transigir: o se espera la vida eterna si se observa toda la ley, o bien tendrá que temer al fuego eterno quien, para satisfacer las pasiones, ha descuidado su propio deber.

El Predicador de la verdad nunca pensó que debería abstenerse de estos argumentos porque, dada la corrupción de los tiempos, podrían parecer demasiado severos para aquellos a quienes hablaba.

Está claro, por tanto, cuánto deben ser desaprobados aquellos predicadores que, para no molestar a los oyentes, no se atrevan a tocar ciertos temas de la doctrina cristiana. ¿Quizás el médico le dará remedios inútiles al paciente si rechaza los útiles? Por lo demás, en esto se mostrará la virtud y habilidad del orador, si logra que las cosas que son ingratas se hagan agradables al exponerlas. 

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S. S. Benedicto XV, encíclica Humani generis redemptionem, sobre la predicación de la Palabra de Dios, n.º 11, 15 de junio de 1917.

Fuente: https://www.tesorosdelafe.com/articulo-2136-no-confundamos-humildad-con-debilidad

Foto: Jusepe de Ribera, Public domain, via Wikimedia Common

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