El 15 de septiembre la Iglesia contempla a María al pie de la Cruz. En un mundo que huye del sacrificio y procura olvidar a Dios, la fortaleza de la Mater Dolorosa encierra una lección de extraordinaria actualidad.
Hay dolores que aplastan y dolores que engrandecen. Hay lágrimas nacidas de la desesperación y lágrimas que, ofrecidas a Dios, se transforman misteriosamente en oración.
El 15 de septiembre, la Iglesia celebra a Nuestra Señora de los Dolores y nos invita a contemplar a la Santísima Virgen precisamente en los momentos más terribles de su existencia.
La profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida del Niño Jesús en el Templo, el encuentro con su Divino Hijo camino del Calvario, la Crucifixión, el descendimiento de la Cruz y, finalmente, la sepultura de Nuestro Señor: son los Siete Dolores de María.
¿Por qué detenernos en ellos?
Una devoción incomprensible para el mundo moderno
Nuestra época comprende cada vez menos el sentido cristiano del sufrimiento. Quiere bienestar sin sacrificio, victoria sin combate, felicidad sin cruz. Incluso en materia religiosa existe la tentación de conservar únicamente aquello que resulta consolador: Belén, la Resurrección, la gloria del Cielo…
Pero el cristianismo no puede separarse del Calvario. Y María tampoco.
Nuestra Señora fue la criatura más favorecida por Dios y, precisamente por ello, fue llamada a una correspondencia extraordinaria. Quien mucho recibe, mucho debe dar. Es la lógica del Evangelio, tan diferente de la mentalidad moderna, según la cual recibir más significa, ante todo, disfrutar más.
María recibió más que ninguna otra criatura. Y dio más que ninguna otra. Dios le pidió incluso que permaneciera junto a la Cruz mientras su Hijo moría ante sus ojos.
¿Podemos imaginar el dolor de aquella Madre?
Sin embargo, no encontramos en Ella rebelión, protesta ni amargura. La respuesta pronunciada ante el Arcángel San Gabriel —«He aquí la esclava del Señor»— continuaba íntegra en el Calvario.
Ella permaneció de pie
Hay un detalle particularmente hermoso en la narración evangélica: María estaba junto a la Cruz. No huyó. No abandonó a Nuestro Señor cuando las multitudes que lo habían aclamado desaparecieron, cuando los enemigos parecían haber triunfado y cuando todo, humanamente hablando, parecía perdido.
María permaneció. Esta fidelidad hace de Nuestra Señora de los Dolores una devoción profundamente militante. Nos enseña que amar a Dios significa permanecer fieles también cuando hacerlo cuesta, cuando somos incomprendidos y cuando defender la verdad exige sacrificios.
¡Qué enseñanza para nuestros días!
Cuando la fe desaparece de tantas familias, cuando la inocencia de los niños es amenazada, cuando la vida humana es atacada y los principios cristianos son expulsados poco a poco de la sociedad, el católico no puede limitarse a lamentar lo que sucede. Debe permanecer junto a la Cruz.
«Son tan pocos los amigos de Dios»
Esta devoción posee raíces antiguas. Los Siervos de María contribuyeron desde la Edad Media a difundir la meditación de los dolores de la Virgen.
También santa Brígida de Suecia, gran mística del siglo XIV, recibió revelaciones relacionadas con ellos. En una de ellas, Nuestra Señora lamentaba que fueran muy pocos quienes se compadecían de sus sufrimientos y exhortaba a la santa a no olvidarla, contemplar sus dolores e imitarla.
Estas últimas palabras son esenciales. No se trata de una contemplación sentimental. Meditar los dolores de María debe producir frutos. Porque aquello que verdaderamente admiramos termina modelándonos.
Contemplar a María fiel junto a la Cruz nos enseña a ser fieles. Contemplar su fortaleza nos ayuda a combatir nuestra debilidad. Contemplar su completo olvido de sí misma nos obliga a preguntarnos cuánto de nuestro tiempo, nuestras preocupaciones y nuestras fuerzas dedicamos realmente a Dios.
De la compasión a la acción
Nuestra Señora no necesita una piedad estéril. Si nos duele ver tantos jóvenes alejados de Dios, recemos por ellos. Si nos indigna el aborto, recemos y apoyemos a quienes defienden la vida. Si sufrimos viendo desaparecer las raíces cristianas de España, no nos resignemos: defendámoslas. Si conocemos una persona abatida por una desgracia, acerquémonos a ella.
La oración es nuestra primera arma, pero una oración auténtica nos empuja también a actuar. El gran peligro es la indiferencia: encerrarnos en nuestros pequeños problemas mientras alrededor nuestro las almas sufren y Dios es olvidado.
María hizo exactamente lo contrario. Cuanto más recibió de Dios, más quiso devolverle. Cuanto más sufrió, más amó. Y cuando llegó la hora suprema, cuando tantos habían desaparecido, Ella estaba allí.
Por eso, este 15 de septiembre, al contemplar a la Mater Dolorosa, pidámosle algo más que consuelo. Pidámosle que nos comunique algo de su fortaleza, de su fidelidad y de su espíritu de sacrificio.
Y ante las cruces personales y las grandes batallas de nuestro tiempo, sepamos permanecer, como Ella, firmes en nuestro puesto. Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.
Fuente: https://www.tesorosdelafe.com/articulo-298-por-que-celebrar-los-dolores-de-maria
Foto: Piedad neogótica de Caspar Weis (1849-1930), 1913. Catedral Imperial de San Bartolomé, Fráncfort del Meno. Marion Halft, CC BY-SA 4.0 via Wikimedia Commons
