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Quien libera almas prepara su entrada al Cielo

Tú quieres ir al Cielo. Lo deseas, lo esperas, lo pides. Pero quizá pocas veces piensas seriamente en aquello que puede separarte todavía de la visión plena de Dios: las faltas no reparadas, los pecados veniales, las tibiezas, las omisiones, las impurezas del corazón, todo aquello que necesita ser purificado antes de entrar en la gloria.

Por eso la Iglesia nos invita a pensar en el Purgatorio, no para llenarnos de miedo, sino para despertarnos del sueño espiritual. Pensar en el Purgatorio es pensar en la muerte, en el juicio, en la eternidad y en la urgencia de vivir hoy con más amor, más penitencia y más fidelidad.

El Espíritu Santo nos advierte: “Acuérdate de tus postrimerías, y no pecarás”. Es decir: si tú recordaras con frecuencia que un día morirás, que comparecerás ante Dios y que todo será juzgado a la luz de la verdad, muchas faltas desaparecerían de tu vida. Muchas palabras inútiles quedarían sin decir. Muchas vanidades perderían su fuerza. Muchas tentaciones dejarían de parecer tan atractivas.

La memoria del Purgatorio purifica la mirada. Cuando contemplas esas almas que sufren, que esperan, que desean ardientemente la unión con Dios, tu propia alma se despierta y dice: “Quiero reparar. Quiero aprovechar los días que la misericordia de Dios todavía me concede. Quiero expiar mis pecados con generosidad y amor. Quiero evitar, cueste lo que cueste, las penas del Purgatorio”.

Y puedes lograrlo, si cuentas con la gracia de Dios y cooperas con ella. Pensar en el Purgatorio te hace más serio ante la vida. Te vuelve más vigilante. Te empuja a la confesión frecuente, a la oración sincera, a la mortificación, a la paciencia, al perdón, a la caridad concreta. Si esta verdad estuviera siempre viva en tu corazón, sería muy difícil que siguieras viviendo en la tibieza. Sería muy difícil que no avanzaras hacia la santidad.

Pero hay otro medio poderoso para evitar o abreviar el Purgatorio: rezar mucho por las almas que allí se purifican.

Los Padres y Doctores de la Iglesia han enseñado que quienes se interesan con amor por las almas del Purgatorio pueden esperar una gran misericordia a la hora de su propia muerte. ¿Por qué? Porque Dios ha prometido hacer con nosotros lo que nosotros hayamos hecho con los demás.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Si tú ayudas a las almas del Purgatorio, ellas no te olvidarán. Si tú las socorres con Misas, oraciones, sacrificios, indulgencias, actos de amor y pequeñas renuncias, ellas serán agradecidas. Y cuando llegue tu hora, cuando tu alma se acerque al juicio, aquellas almas que ayudaste correrán en tu defensa.

Serán protectoras. Serán testigos. Serán intercesoras. San Agustín decía que no recordaba haber leído jamás que quien rezara con gusto por los difuntos hubiera tenido una muerte mala o dudosa. Qué consuelo tan grande. Qué promesa tan luminosa. Qué camino tan sencillo para prepararte bien ante Dios.

Una antigua historia nos lo muestra con fuerza. Se cuenta que una persona muy amiga de las almas del Purgatorio había consagrado su vida a aliviarlas. Rezaba por ellas, ofrecía sacrificios, hacía obras de misericordia, pedía su liberación y vivía con el corazón atento a esas almas necesitadas.

Cuando llegó la hora de su muerte, el demonio la atacó con furia, porque veía que aquella alma estaba a punto de escapársele. Parecía que todo el abismo se había unido contra ella. La moribunda luchaba entre angustias, tentaciones y esfuerzos dolorosos.

Pero de pronto ocurrió algo admirable. Entró en su habitación una multitud de personajes desconocidos, resplandecientes de belleza y de luz. Su sola presencia puso en fuga al demonio. Se acercaron al lecho de la moribunda y comenzaron a consolarla con palabras celestiales.

Ella, llena de asombro y alegría, preguntó: “¿Quiénes sois vosotros, que me hacéis tanto bien?”. Y ellos respondieron: “Somos habitantes del Cielo. Tu ayuda nos condujo a la bienaventuranza, y ahora venimos, por reconocimiento, a ayudarte a cruzar el umbral de este lugar de angustias para introducirte en la alegría de la Ciudad Santa”.

Entonces una sonrisa iluminó el rostro de la moribunda. Sus ojos se cerraron, y se durmió en la paz del Señor. Su alma, blanca y pura como una paloma, se presentó ante Dios, y encontró tantos protectores y abogados como almas había ayudado a liberar del Purgatorio.

Entró en la gloria como en triunfo, acompañada por las bendiciones de aquellos a quienes había socorrido.

Tú también puedes preparar una muerte así. No vivas solo para tus preocupaciones inmediatas. No vivas encerrado en tus problemas, en tus cuentas, en tus heridas, en tus pequeños planes. Hay almas que esperan tu ayuda. Hay almas que quizá no tienen a nadie que rece por ellas. Hay difuntos olvidados que necesitan una Misa, un Rosario, una visita a la iglesia, una comunión ofrecida, una obra de penitencia, un sacrificio silencioso.

Puedes ofrecer mucho más de lo que imaginas. Puedes ofrecer una visita al Santísimo. Puedes ofrecer un peregrinaje. Puedes ofrecer una novena. Puedes ofrecer un ayuno. Puedes ofrecer una humillación aceptada con paciencia. Puedes ofrecer una contrariedad, una fatiga, una enfermedad, una renuncia, un acto de amor.

Y también puedes usar el agua bendita con intención piadosa. Cada vez que haces la señal de la cruz con agua bendita, recuerda a las almas del Purgatorio. Pide por ellas. Ofrece ese gesto sencillo. Deja que hasta los actos más pequeños de tu día se conviertan en misericordia.

No subestimes nada cuando se hace con amor. Pero sobre todo, ofrece Misas por los difuntos. La Santa Misa es el mayor auxilio, porque en ella se ofrece Cristo mismo al Padre, con todos los méritos de su Pasión y de su muerte. Ninguna oración tiene más fuerza. Ningún regalo espiritual es más grande.

Hazte amigo de las almas del Purgatorio. Ayúdalas hoy, para que ellas te ayuden mañana. Reza por ellas, para que ellas intercedan por ti. Ábreles camino hacia el Cielo, para que un día te reciban en la eternidad.

No lo dejes para después. Hoy puedes empezar. Hoy puedes ofrecer una oración. Hoy puedes pedir una Misa. Hoy puedes transformar una pena en acto de caridad. Hoy puedes mirar hacia el Purgatorio y decir con decisión: “Quiero ayudar. Quiero reparar. Quiero vivir de tal modo que mi muerte sea santa”.

Te invito a unirte a nuestro Oratorio Virtual para participar en esta obra de misericordia espiritual. 

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Porque quien se compadece de las almas que sufren, atrae sobre sí la misericordia de Dios. Y quien ayuda a abrir el Cielo para otros, prepara también su propia entrada en la alegría eterna.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Jurigue3, CC BY-SA 4.0  via Wikimedia Commons

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