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El abogado de los muertos: una lección de amor por las almas

Tú quizá has escuchado hablar de apariciones de almas del Purgatorio, y puede que tu primera reacción sea la duda, la prudencia o incluso el rechazo. Es normal. 

La fe cristiana no nos pide creer cualquier historia, ni vivir pendientes de señales extraordinarias, ni confundir el dolor, la imaginación o el miedo con realidades espirituales.

Pero tampoco podemos negar, sin más, que Dios pueda permitir a ciertas almas manifestarse en la tierra. San Agustín recibió un día una pregunta muy concreta de un amigo suyo, obispo de Usala. Le preguntaron qué debía pensarse de aquellas personas que, después de morir, parecían aparecer en las casas donde habían vivido, o de aquellos ruidos misteriosos que se escuchaban por la noche en lugares donde había cuerpos sepultados.

La respuesta de San Agustín fue prudente y profunda. Él decía que no creía que esas apariciones dependieran simplemente de la voluntad de los muertos, porque si así fuera, su propia madre, Santa Mónica, se le habría aparecido muchas veces, ya que en vida nunca había querido separarse de él. Pero también afirmaba algo importante: Dios, en su omnipotencia, puede permitir algunas apariciones por razones llenas de sabiduría.

Y eso es lo que tú debes retener.

No se trata de buscar fenómenos extraños. No se trata de alimentar la curiosidad. No se trata de creer cualquier relato sin discernimiento. Se trata de comprender que Dios puede permitir, en casos excepcionales, que un alma sufriente despierte nuestra conciencia, toque nuestro corazón y nos recuerde una verdad que olvidamos demasiado rápido: los difuntos necesitan nuestras oraciones.

Las almas del Purgatorio no están condenadas. Están salvadas. Pero todavía sufren. Todavía esperan. Todavía se purifican antes de entrar en la visión plena de Dios. Y nosotros, que aún vivimos en la tierra, podemos ayudarlas con nuestras oraciones, nuestras Misas, nuestras penitencias, nuestras indulgencias y nuestros actos de caridad.

Por eso, cuando la tradición cristiana habla de apariciones de almas del Purgatorio, no lo hace para provocar miedo, sino para despertar misericordia.

Dios puede permitir que estas almas se manifiesten para pedir ayuda, para recordar una deuda espiritual, para mover a los vivos a la oración, o incluso para corregir la ingratitud de quienes se han olvidado de sus difuntos. Porque hay una ingratitud muy dura: recibir una herencia, conservar los recuerdos, pronunciar un nombre de vez en cuando, pero no ofrecer una sola Misa, una sola oración, un solo sacrificio por el alma que partió.

Tal vez tú has heredado algo de tus padres, de tus abuelos, de tus familiares. Tal vez conservas objetos suyos, fotografías, cartas, recuerdos. 

Pero ¿rezas por ellos? ¿Pides Misas por sus almas? ¿Ofreces alguna penitencia por su descanso eterno?

La historia de un joven cristiano nos muestra hasta dónde puede llegar esta indiferencia.

Era un joven nacido en una familia creyente, fiel a muchas prácticas de piedad, pero muy descuidado con las almas del Purgatorio. Casi nunca rezaba por sus padres difuntos, y no solo eso: también desanimaba a otros a hacerlo. Decía que no era necesario preocuparse tanto por los muertos, porque ya estaban salvados y no podían perder a Dios.

Además, se burlaba de las apariciones. Las consideraba fantasías, exageraciones, supersticiones.

Pero Dios quiso corregirlo. Permitió que aquellas almas afligidas salieran de su prisión y se le aparecieran de formas terribles. Lo rodeaban en todo lugar y a toda hora. Lanzaban gritos desgarradores, llenaban sus ojos de visiones extrañas, helaban su alma de espanto y no le permitían descansar ni de día ni de noche. El medio fue duro, pero eficaz.

El joven cambió por completo de vida y de lenguaje. Dejó el mundo y entró en la Orden de Santo Domingo. Después, hecho sacerdote, se convirtió en un gran defensor de las almas del Purgatorio. Hablaba de ellas con tanta fuerza, con tanta convicción y con tanta caridad, que inspiraba a muchos fieles a rezar por los difuntos.

Lo llamaban, con afecto, “el abogado de los muertos”. Y lo era de verdad.

Nadie encontraba razones tan fuertes para mostrar que una de las formas más altas de caridad hacia el prójimo es rezar por quienes ya no pueden ayudarse a sí mismos. Murió con fama de santidad, y podemos esperar que su alma haya volado al Cielo junto a tantas almas que él ayudó a liberar con sus oraciones.

Tú no necesitas esperar una señal extraordinaria para cambiar.

No necesitas escuchar ruidos en la noche, ni ver una aparición, ni sentir miedo, para comprender lo que la fe ya te enseña. Las almas del Purgatorio existen. Sufren. Esperan. Y pueden ser socorridas por ti.

No seas indiferente. No digas: “Ya murieron, ya no puedo hacer nada”. Sí puedes. Puedes hacer mucho. Puedes pedir una Misa. Puedes rezar un Rosario. Puedes ofrecer una comunión. Puedes visitar una iglesia. Puedes ofrecer una pequeña mortificación. Puedes aceptar con paciencia una contradicción. Puedes aplicar una indulgencia por ellas. Puedes pronunciar sus nombres ante Dios.

Y si alguna vez oyes hablar de apariciones de almas del Purgatorio, mantén prudencia, sí, pero no cierres el corazón a la enseñanza profunda que hay detrás: Dios quiere que recordemos a nuestros difuntos y que no los abandonemos. Porque el verdadero problema no es no ver almas. El verdadero problema es olvidar que existen.

Hoy, tú puedes reparar ese olvido. Reza por tus padres, por tus abuelos, por tus familiares, por tus amigos, por tus bienhechores, por los sacerdotes difuntos, por las almas más abandonadas y por aquellas que nadie recuerda.

Hazte miembro de nuestro Oratorio Virtual y únete a esta obra de misericordia espiritual:

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España

Porque cada oración ofrecida por los difuntos es un acto de amor que atraviesa la muerte, consuela a las almas sufrientes y acerca el Cielo a quienes esperan la luz de Dios.

Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux

Foto: Neithan90, CC0, via Wikimedia Commons

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