Tú quizá has escuchado alguna vez la última petición de un familiar, de un amigo, de una persona querida que se acercaba al final de su vida. Tal vez pidió una Misa, una oración, una limosna, una obra buena, o simplemente suplicó que no lo olvidaran delante de Dios.
Pues escucha bien: las últimas voluntades de los difuntos son algo sagrado.
No son un detalle sentimental, ni una costumbre antigua sin importancia. Son una deuda de justicia y de caridad. Cuando alguien, antes de morir, pide oraciones, Misas o una obra piadosa por su alma, no está pidiendo un favor cualquiera. Está buscando auxilio para el momento en que su alma comparezca ante Dios y, si necesita purificación, sea ayudada por los sufragios de los vivos.
La Iglesia siempre ha tomado esto con enorme seriedad. El Concilio de Trento recomendó a los obispos vigilar atentamente el cumplimiento de los legados piadosos dejados por los fieles difuntos. Otros concilios fueron todavía más severos, llegando a castigar a quienes se apropiaban de los bienes destinados por los moribundos a obras santas o retrasaban injustamente el cumplimiento de sus últimas voluntades.
Esto nos muestra algo muy claro: privar a un difunto de las oraciones, Misas o limosnas que él quiso asegurar para después de su muerte es una falta grave. Es quitarle un socorro que podía aliviar sus penas. Es aprovecharse, de algún modo, de aquello que pertenecía espiritualmente a las pobres almas del Purgatorio.
Y tú debes preguntarte con honestidad: ¿has cumplido lo que tus difuntos te pidieron? ¿Tu padre, tu madre, tus abuelos, un amigo, un bienhechor, te pidieron alguna vez que rezaras por ellos? ¿Te dejaron por escrito o de palabra el encargo de mandar celebrar Misas? ¿Te suplicaron, con lágrimas o con una simple mirada, que no los olvidaras cuando estuvieran ante el Señor?
Si no lo has hecho todavía, ¡no lo dejes para después! Porque no basta con decir: “Algún día mandaré celebrar una Misa”. No basta con pensar: “Más adelante rezaré por ellos”. Cada día de retraso puede ser una ayuda que no llega, una gracia que se demora, un alivio que tú podrías haber pedido a Dios y que, por descuido, no ofreciste.
Si comprendiéramos lo que significa la purificación del Purgatorio, no seríamos tan lentos. No postergaríamos las Misas. No olvidaríamos las limosnas. No abandonaríamos a quienes nos amaron en vida y ahora quizá esperan nuestra fidelidad.
Una antigua historia, recogida en los relatos vinculados a Carlomagno, lo muestra con fuerza.
Un valiente capitán, admirado por todos por su bravura, llegó al final de su vida. Había servido durante sesenta años a su rey y no poseía casi nada, salvo su fiel caballo, que lo había acompañado en tantas jornadas.
Antes de morir, llamó a un pariente a quien había ayudado muchas veces y le dijo: “Cuando haya entregado mi alma a Dios, vende mi caballo y entrega el precio a los pobres, para alivio de mi alma”. El pariente prometió cumplirlo.
Pero cuando el capitán murió, aquel hombre se dejó seducir por la belleza y las cualidades del caballo, y decidió quedárselo para sí. No vendió el animal, no dio la limosna prometida y no cumplió la voluntad del difunto.
Pasó apenas medio año, y el alma del capitán se apareció a aquel pariente egoísta. Le dijo con terrible reproche que no había cumplido su palabra y que, por su infidelidad, había sido causa de los tormentos que él había sufrido, pues aquella limosna habría podido aliviarlo.
Luego le anunció que su conducta sería castigada con una muerte próxima y que debería responder ante Dios por su injusticia. El culpable, aterrorizado, se apresuró entonces a cumplir la voluntad del difunto y entregó lo que debía; pero no pudo evitar la muerte que le había sido anunciada.
Tú no esperes una advertencia así. No esperes a que el remordimiento llegue tarde. No esperes a que la conciencia te acuse por haber olvidado a quienes confiaron en ti. Si tienes una deuda espiritual con tus difuntos, págala ahora con oración, con Misas, con limosnas, con obras de misericordia.
No dejes tus últimas voluntades en manos de personas indiferentes, descuidadas o sin fe. Si deseas que se celebren Misas por ti después de tu muerte, dilo con claridad, organízalo con prudencia y confía esa responsabilidad a personas verdaderamente cristianas, capaces de respetar el recuerdo de los muertos y la seriedad de la vida eterna.
Pero hoy, sobre todo, piensa en ellos. Piensa en tus padres, tus abuelos, tus hermanos, tus amigos, tus bienhechores, tus seres queridos que ya partieron. Tal vez alguno espera todavía el cumplimiento de una promesa. Tal vez alguno necesita una Misa que tú puedes ofrecer. Tal vez Dios quiere concederle alivio por medio de tu fidelidad.
Reza por ellos. Manda celebrar una Santa Misa. Ofrece una limosna. Haz una obra buena por su alma.
Te invito a unirte a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio, para formar parte de esta gran obra de caridad espiritual:
Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España
Porque cumplir las últimas voluntades de los difuntos no es solo mirar al pasado con cariño. Es amar con responsabilidad. Es hacer justicia. Es tender una mano hacia la eternidad.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons
