Tú quizá has rezado por tus difuntos muchas veces, quizá has encendido una vela, has pronunciado sus nombres con nostalgia, has llorado su ausencia en silencio, y has sentido en el corazón ese deseo profundo de volver a hacer algo por ellos.
Pues escucha bien: todavía puedes ayudarlos. La Iglesia nos enseña que, entre todos los medios para socorrer a las almas del Purgatorio, ninguno es más poderoso que el Santo Sacrificio de la Misa. No hay oración más alta, no hay ofrenda más perfecta, no hay acto de misericordia más grande que ofrecer la Misa por quienes han muerto y esperan la entrada definitiva en el Cielo.
¿Por qué la Misa tiene tanto poder?
Porque no es solamente una oración nuestra. No es solo un gesto piadoso de la comunidad. En cada Misa, es Cristo mismo quien se ofrece al Padre. Es el mismo Jesús, víctima y sacerdote, quien presenta su sacrificio por la salvación de todos.
En cada altar, de manera sacramental, se hace presente el misterio del Calvario. El mismo amor que se entregó en la Cruz vuelve a ofrecerse al Padre, no como un recuerdo vacío, sino como una realidad viva, santa y eficaz.
Y allí, en ese sacrificio eucarístico, Jesús presenta a toda la Iglesia ante el Padre: a los vivos, a los santos del Cielo y también a las almas sufrientes del Purgatorio.
Piensa en esto con seriedad: cuando tú mandas celebrar una Misa por un difunto, no estás ofreciendo algo pequeño. Estás poniendo a esa alma bajo la fuerza infinita de los méritos de Cristo. Estás pidiendo que la Sangre del Redentor alivie, purifique y, si Dios lo permite, libere a esa alma querida.
La tradición cristiana ha visto siempre en la Misa un tesoro espiritual capaz de abrir las puertas del Cielo. Por eso, durante siglos, los fieles han pedido Misas por sus padres, esposos, hijos, amigos, bienhechores y por todas las almas olvidadas que nadie recuerda ya.
Santa Isabel, reina de Portugal, vivió una historia profundamente conmovedora.
Había perdido a su hija Constanza, reina de Castilla, y se dirigía hacia Santarém. Mientras el cortejo real pasaba cerca de un bosque, salió de allí un ermitaño que comenzó a correr detrás de la comitiva, gritando que necesitaba hablar con la reina.
Los guardias intentaban apartarlo, pero Isabel lo escuchó y ordenó que lo llevaran ante ella. Entonces el ermitaño le dijo algo impresionante: mientras rezaba en su ermita, la difunta reina Constanza se le había aparecido varias veces, suplicándole que avisara a su madre que sufría en el Purgatorio y que necesitaba que se celebrara una Misa diaria por ella durante un año.
El ermitaño desapareció después, y nunca más se le volvió a ver.
Los cortesanos se burlaron de él. Lo llamaron visionario, loco e incluso intrigante. Pero Santa Isabel no se dejó llevar por la burla ni por el orgullo de la corte. Pensó con prudencia cristiana: “Después de todo, hacer celebrar Misas por nuestra querida hija difunta está dentro de la lógica de la fe”.
Entonces encargó al padre Fernando Méndez, sacerdote conocido por su piedad, que celebrara 365 Misas por el alivio del alma de Constanza.
Pasó el tiempo. Isabel rezaba por su hija, pero había olvidado aquella consigna concreta dada al sacerdote. Hasta que un día, Constanza se apareció a su madre, vestida de blanco, resplandeciente de luz, y le dijo que ahora volaba hacia la bienaventuranza eterna.
Al día siguiente, Isabel fue a la iglesia para dar gracias a Dios por la liberación de su hija. Allí el padre Méndez se acercó y le dijo que acababa de terminar, precisamente el día anterior, la serie de las 365 Misas.
Justo en el momento de la aparición de su hija liberada.
Entonces Isabel recordó al ermitaño.
Tú también puedes hacer algo así por quienes amas.
No esperes a que el tiempo borre sus nombres. No permitas que tus difuntos queden abandonados en el silencio. Durante la Misa, especialmente en el Memento de los muertos, piensa en ellos, pronuncia sus nombres interiormente y ofrece por ellos el sacrificio eucarístico.
Y si puedes, manda celebrar una Misa por su alma. Tal vez tu padre, tu madre, un hijo, un hermano, un amigo o un bienhechor espera esa ayuda. Tal vez una Misa ofrecida con fe sea el alivio que Dios quiere concederle por medio de ti. Tal vez tu amor todavía puede alcanzarlo, no con palabras humanas, sino con la fuerza infinita de Cristo.
Redescubre el valor de cada Misa.Asiste con fe. Reza con recogimiento. Une tu oración a la del sacerdote. Ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo por las almas del Purgatorio, especialmente por aquellas que más necesitan misericordia y por las que nadie reza.
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Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio – España
Porque cada Misa ofrecida con amor puede ser una puerta abierta hacia el Cielo.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: La fondation de l’Orden Trinitaria, Juan Carreño de Miranda, Public domain, via Wikimedia Commons
