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San José recibió gracias extraordinarias en la noche de Navidad

¿Cuál es el papel de san José? Por muy poderosa que sea la intercesión de la Virgen, la Divina Providencia quiso que tuviéramos intercesores secundarios, y entre ellos tenemos a san José. Como sabemos, pasó por una tremenda prueba, con su perplejidad sobre cómo podía nacer un hijo de una virgen. Para él, un gran misterio. Luego hubo otra terrible prueba: la desaparición del Niño Jesús, encontrado más tarde en el Templo discutiendo con los doctores de la Ley.

Así como hubo una preparación de la Santísima Virgen para ser verdaderamente la Madre de Dios, ciertamente también hubo una preparación de san José para ser el padre adoptivo del Niño Jesús. Pese a no ser su padre natural, como esposo de la Virgen María, san José tenía un derecho efectivo sobre el fruto del vientre sacratísimo de su esposa. De modo que su alma fue asimismo preparada para esta grandiosa paternidad. Debemos admitir que, durante la noche de Navidad, san José también recibió gracias extraordinarias.

Esto se entiende si pensamos en los pastores. Es evidente que ellos, llamados a una primera adoración, recibieron gracias extraordinarias. Si los simples pastores las recibieron por estar cerca de la gruta, ¿cómo no admitir, con mayor razón, que san José las recibió mucho mayores? Por su unión con la Santísima Virgen, por su relación con el Niño Jesús, debemos ver a san José como un intercesor secundario a su lado, pero grandísimo entre los intercesores secundarios. Es secundario con respecto a la Virgen María, no con respecto a los otros intercesores, en relación con los cuales ocupa un lugar eminente, quizás el mayor de los lugares.

Somos hijos adoptivos de la Sagrada Familia: de Jesús, María y José

Con nuestro espíritu penetrado por estas consideraciones, debemos acercarnos a la Navidad preparándonos para las gracias de esa noche santa. Sería desfigurar la tradición y desviarse del camino recto si hiciéramos consideraciones en un sentido distinto de las gracias que la Navidad confiere: gracias de apaciguamiento, gracias de distensión.

Antiguamente, cuando se acercaba la Nochebuena, todos sentían una bendición y una paz que descendía sobre la tierra, sentían una alianza del cielo con la tierra. Y esta alianza se renovaba de tal manera que todos caminaban con sosiego, alegría y normalidad hacia el pesebre. Y había una especie de desmovilización de los espíritus, un aumento recíproco y cristiano del afecto entre todos los hombres, con excepción de los que no son hijos de la luz, es decir, los hijos de las tinieblas. Tengo la impresión de que esa sensación es cada vez más tenue hoy en día.

La dichosa noche de Navidad debe hacernos sentir más que nunca hijos de Jesús, hijos de María, hijos de san José. Por lo tanto, hijos adoptivos de la Sagrada Familia.

Debe también hacernos desear un aumento del afecto recíproco, un aumento de esos lazos que la Divina Providencia evidentemente quiere establecer entre nosotros. Son vínculos que nos llevan al perdón recíproco, a la generosidad, al olvido de las faltas, a la renovación de nuestra buena voluntad hacia los demás, quizá un poco cansada por el desgaste diario de los años y los trabajos.

Que la Santísima Virgen María, Medianera de todas las gracias, nos conceda a todos esta gracia. Que la noche de Navidad nos una profundamente entre nosotros, para que así estemos más unidos a Ella. Este es el voto que hago después de esta meditación sobre el Inmaculado Corazón de María, engendrando la carne y la sangre infinitamente preciosas del Niño Jesús, nacido para nuestra Redención.

Fuente: https://www.tesorosdelafe.com/articulo-1655-navidad

Foto: Pietro di Giovanni d’Ambrogio, Public domain, via Wikimedia Commons

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