Los últimos datos publicados por la Generalitat de Cataluña revelan una realidad inquietante que va mucho más allá de una simple estadística sociológica: una parte significativa de la juventud catalana ha perdido incluso el conocimiento básico del significado de las principales fiestas cristianas. Según el Barómetro sobre la religiosidad, casi un 32% de los jóvenes de entre 16 y 25 años no sabe explicar qué se celebra en Navidad. En el conjunto de la población, el desconocimiento alcanza ya al 20%.
No se trata de una anécdota. Es el síntoma de un fenómeno más profundo: lo que las propias instituciones denominan ya «analfabetismo religioso». Un término que describe no tanto la pérdida de la fe como la desaparición de la cultura religiosa elemental que ha configurado durante siglos la identidad de Europa y de España.
Que uno de cada tres jóvenes ignore que el 25 de diciembre conmemora el nacimiento de Jesucristo no es solo un problema para los creyentes. Es, ante todo, un empobrecimiento cultural. La Navidad no es una tradición genérica, ni un simple periodo de consumo, luces y vacaciones. Es la celebración de un acontecimiento fundacional: la Encarnación de Dios, el misterio central del cristianismo.
Resulta llamativo que haya sido la propia Generalitat la que, el pasado 25 de diciembre, se viera obligada a recordar en redes sociales el sentido de la fiesta: «la conmemoración cristiana del nacimiento de Jesucristo, la encarnación de Dios en la Tierra». Que una institución pública deba explicar algo tan básico evidencia hasta qué punto se ha roto la transmisión cultural y religiosa entre generaciones.
El problema no se limita a la Navidad. ¡El mismo barómetro indica que solo el 63,9% de los catalanes sabe quién es el Papa! Un dato que habría resultado impensable hace apenas unas décadas en una sociedad históricamente marcada por el catolicismo.
Este analfabetismo religioso no surge de la nada. Es fruto de años de secularización acelerada, de una educación que ha expulsado sistemáticamente la dimensión religiosa del espacio cultural, y de un discurso público que reduce la fe a una opción privada sin relevancia social ni histórica.
Paradójicamente, nunca como hoy se habla tanto de identidad, memoria y raíces. Sin embargo, se pretende construir una identidad colectiva sin conocer los pilares espirituales que la han hecho posible. No se trata de imponer creencias, sino de reconocer que una sociedad que olvida el significado de sus símbolos acaba vaciándolos de contenido.
Cuando la Navidad se convierte en un simple decorado sin misterio, sin Cristo y sin trascendencia, no solo se pierde la fe: se pierde también el alma cultural de Europa. Y con ella, la capacidad de comprender quiénes somos, de dónde venimos y qué sentido tienen nuestras tradiciones más profundas.
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