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¿Sabías que las almas del Purgatorio ya pertenecen para siempre a Dios?

Cuando pensamos en las almas del Purgatorio, existe el riesgo de imaginarlas únicamente como almas castigadas, sumergidas en el sufrimiento y alejadas de Dios. Sin embargo, la tradición espiritual de la Iglesia nos ofrece una imagen mucho más profunda y consoladora. Son almas salvadas, pertenecen definitivamente al Señor y tienen asegurada la felicidad eterna. Su sufrimiento es temporal y, aunque todavía no pueden contemplar a Dios cara a cara, lo aman con una intensidad que nosotros difícilmente podemos alcanzar mientras vivimos rodeados de distracciones, tentaciones y debilidades.

Santa Catalina de Génova, cuyas enseñanzas sobre el Purgatorio han alimentado durante siglos la espiritualidad católica, explicaba que el alma que llega allí se encuentra en un extraordinario estado de unión con Dios. Ya no existe en ella aquella lucha que nosotros experimentamos diariamente entre la gracia y el pecado, entre nuestros deseos desordenados y la voluntad divina. Su elección está hecha para siempre: pertenece a Dios y sabe con absoluta certeza que llegará al Cielo.

Esta verdad cambia profundamente nuestra manera de contemplar el Purgatorio. Allí puede haber almas que durante su vida practicaron grandes virtudes, vencieron graves tentaciones, perdonaron ofensas, soportaron sufrimientos con paciencia, sirvieron generosamente a los demás y permanecieron fieles a Dios en medio de enormes dificultades. Quizá nosotros mismos, si hubiéramos conocido algunas de esas vidas, las habríamos considerado ejemplares.

Sin embargo, incluso una vida cristiana llena de méritos puede llegar a su término conservando pequeñas deudas, imperfecciones, apegos o consecuencias de pecados ya perdonados que necesitan todavía una completa purificación. Ante la santidad infinita de Dios, aquello que nosotros consideramos insignificante adquiere otra dimensión. El alma comprende entonces que nada imperfecto debe permanecer en ella antes de contemplar directamente al Señor.

Aquí aparece uno de los aspectos más bellos y sorprendentes de la doctrina del Purgatorio: esas almas aceptan su purificación porque aman profundamente a Dios. No permanecen allí como prisioneros que consideran injusta su condena, sino como hijos que comprenden la perfecta justicia de su Padre y desean quedar completamente preparados para encontrarse con Él.

La tradición espiritual llega incluso a afirmar que, si se les abrieran anticipadamente las puertas del Cielo y pudieran entrar conservando alguna imperfección, ellas mismas preferirían terminar primero su purificación. No porque rechazaran la felicidad, sino precisamente porque aman demasiado a Dios para querer presentarse ante Él sin aquella pureza que corresponde a su infinita santidad.

Una experiencia mística atribuida a Santa Gertrudis expresa de manera admirable esta realidad.

Durante uno de sus arrobamientos, la santa contempló el alma de una religiosa que había pasado su vida ejercitándose en grandes virtudes. Aquella mujer había amado a Dios, lo había servido fielmente y se presentaba ahora ante Jesucristo revestida, según la visión, con los signos de la caridad que había practicado durante su existencia.

Gertrudis esperaba naturalmente verla correr hacia el Señor. Pero ocurrió exactamente lo contrario.

La religiosa permanecía delante de Cristo con los ojos bajos. No se atrevía a levantar la mirada hacia el rostro del Salvador y, por sus gestos, parecía incluso querer alejarse de Él. No había desprecio ni miedo servil en aquella actitud, sino una humildad extraordinariamente profunda.

Santa Gertrudis, desconcertada, se dirigió entonces al Señor y le preguntó por qué no recibía inmediatamente a aquella alma virtuosa.

La respuesta de Jesús no llegó primero mediante palabras, sino mediante un gesto lleno de ternura. Extendió sus brazos hacia ella como para atraerla y recibirla junto a Él.

Cristo quería abrazarla.

Sin embargo, la religiosa retrocedió respetuosamente. Gertrudis quedó todavía más sorprendida. ¿Cómo podía un alma que había esperado durante toda su vida aquel encuentro retirarse ahora, precisamente cuando los brazos de Cristo se abrían para recibirla?

Entonces preguntó directamente a la religiosa por qué evitaba los abrazos de un Esposo tan amoroso.

La respuesta fue profundamente reveladora. Aquella alma explicó que todavía no estaba completamente purificada de las huellas que habían dejado sus faltas. Aunque Dios le permitiera entrar en el Cielo en aquel estado, ella misma no querría hacerlo, porque sabía que todavía no poseía la pureza perfecta con la que deseaba presentarse ante su Salvador.

No huía de Jesús porque lo amara poco. Se apartaba precisamente porque lo amaba muchísimo.

Esta escena permite comprender algo esencial. Las almas del Purgatorio no soportan su purificación con desesperación o rebeldía. Conocen la justicia de Dios y la aceptan plenamente porque procede del mismo Dios al que aman. Si sufren intensamente es, sobre todo, porque su deseo de contemplarlo también es inmenso. Saben qué felicidad las espera y desean ardientemente que desaparezca el último obstáculo que todavía retrasa ese encuentro.

Pero existe otra verdad igualmente consoladora: si las almas del Purgatorio aman a Dios, Dios las ama todavía más.

Son sus hijos y los herederos de su Reino. Están destinadas a bendecirlo eternamente y forman ya parte de aquella multitud que un día resplandecerá en el Cielo. Los autores espirituales las comparaban con piedras vivas destinadas a la Jerusalén celestial, sobre las cuales el divino escultor realiza los últimos trabajos antes de colocarlas definitivamente en el lugar preparado para ellas.

Esta imagen debería despertar en ti una enorme compasión. Cuando rezas por un alma del Purgatorio, no estás intentando cambiar su destino eterno: ese destino ya es el Cielo. Estás pidiendo que termine cuanto antes la purificación que todavía la separa de la visión de Dios.

Por eso, la oración por los difuntos es una obra de caridad tan segura. Cuando ayudas materialmente a una persona en la tierra, no siempre sabes qué hará con aquello que recibe. En cambio, cuando ofreces un sufragio por las almas del Purgatorio, sabes que estás ayudando a quienes pertenecen definitivamente a Dios. Cada alma liberada es un nuevo bienaventurado que entra en el Cielo para alabar eternamente a la Santísima Trinidad.

Y aquí aparece una de las dimensiones más hermosas de esta devoción: las almas que ayudas hoy no serán siempre almas del Purgatorio. Llegará el momento en que su purificación termine y entren en la gloria. Entonces, aquellas por las que tú rezaste podrán convertirse en poderosas intercesoras ante Dios.

Hoy tú puedes ayudarlas; mañana ellas podrán ayudarte a ti.

Quizá hayas ofrecido una Misa por un alma completamente desconocida, hayas rezado un Rosario por los difuntos más abandonados o hayas ofrecido silenciosamente un sufrimiento por quienes no tienen a nadie que los recuerde. No sabes qué alma recibió aquel auxilio, pero puedes imaginar la gratitud de quien, después de una larga espera, alcanza finalmente la felicidad eterna gracias también a la caridad de la Iglesia.

Piensa ahora en tus propios difuntos. Tal vez tu padre, tu madre, tus abuelos, un hermano, un amigo o una persona que hizo mucho bien en tu vida necesite todavía esa ayuda. No te limites a conservar fotografías, visitar una tumba o recordar con nostalgia los momentos compartidos. Todo eso es humano y hermoso, pero la fe te permite hacer mucho más: puedes continuar ejerciendo la caridad hacia ellos.

Haz celebrar una Santa Misa por sus almas, reza el Rosario, ofrece una comunión, una indulgencia o alguno de los sacrificios inevitables de tu vida cotidiana. Y no olvides a aquellos que ya no tienen familia, cuyos nombres han desaparecido de la memoria de los vivos y por quienes quizá nadie haya rezado desde hace muchos años.

Únete también a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio y forma parte de esta comunidad que quiere mantener viva la oración por nuestros seres queridos y por las almas más abandonadas.

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio

No contemples, por tanto, el Purgatorio solamente desde el sufrimiento. Contempla también el amor que existe allí. Son almas que aman ardientemente a Dios, que desean quedar completamente purificadas y que esperan con absoluta certeza el momento de entrar en el Cielo.

Y Dios también las ama. Son sus hijos, destinados a vivir eternamente junto a Él.

Cuando rezas por ellas, cuando ofreces una Misa o aceptas un sacrificio por su liberación, estás colaborando misteriosamente para acercar ese encuentro. Pocas obras de misericordia pueden ser más hermosas que ayudar a un alma a terminar su purificación para que, finalmente libre de toda imperfección, pueda levantar los ojos, contemplar el rostro de Dios y entrar para siempre en sus brazos.

Fuente: P. Martin Berlioux, Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio. Conocerlas, rezarles, liberarlas.

Foto: Sailko, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

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