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No dejes para el Purgatorio lo que puedes reparar hoy

Mientras estás en esta vida, Dios te concede algo extraordinariamente valioso: tiempo para volver a Él, pedir perdón y reparar el mal cometido. La doctrina del Purgatorio nos recuerda precisamente que nuestras acciones tienen consecuencias y que la misericordia divina, lejos de hacer indiferente el pecado, nos ofrece la posibilidad de reconciliarnos con Dios y purificar nuestra vida antes de presentarnos ante Él.

El pecado mortal constituye una ruptura grave de nuestra amistad con Dios. Cuando existe verdadero arrepentimiento y recibimos el sacramento de la Reconciliación, Dios perdona nuestra culpa y restaura esa amistad. Sin embargo, el perdón de la culpa no significa necesariamente que hayan desaparecido todas las consecuencias del pecado. Puede quedar una pena temporal que necesita ser purificada, bien durante nuestra vida mediante la oración, la penitencia, la caridad y las indulgencias, bien después de la muerte en el Purgatorio.

Esta enseñanza debería llenarnos de esperanza, pero también despertar nuestro sentido de responsabilidad. Una persona puede haber pasado años lejos de Dios y recibir, después de una conversión sincera, la gracia inmensa del perdón. La misericordia puede alcanzarla incluso después de una vida llena de extravíos, pero sería un grave error utilizar esa misericordia como excusa para continuar pecando y dejar la conversión para el último momento.

Tenemos hoy la posibilidad de reparar con amor aquello que después deberá ser purificado.

Una penitencia aceptada con generosidad, una obra de misericordia, una Misa, un ayuno, una indulgencia o un sufrimiento ofrecido a Dios pueden adquirir un valor espiritual que muchas veces ignoramos. El problema es que solemos querer el perdón sin aceptar de buen grado la reparación que el amor exige.

Tampoco debemos despreciar los pecados veniales. Nuestra vida puede llenarse poco a poco de impaciencia, juicios temerarios, murmuraciones, vanidad, palabras inútiles, distracciones voluntarias, egoísmos y tiempo desperdiciado. Cada falta parece pequeña cuando la consideramos aisladamente, pero su repetición termina debilitando nuestra vida espiritual y acostumbrándonos a ofrecer a Dios cada vez menos.

Un antiguo relato situado en Londres, en 1848, fue transmitido precisamente como una severa advertencia sobre la necesidad de tomarse en serio la eternidad.

Vivía allí una viuda de veintinueve años, muy rica y entregada a una existencia bastante mundana. Su casa era frecuentada por personas de la alta sociedad, entre ellas un joven lord cuya conducta tampoco era precisamente edificante y que, según el relato, había compartido algunos de sus desórdenes.

Una noche, cerca de la medianoche, la mujer se encontraba en su habitación leyendo una novela mientras esperaba que llegara el sueño. Finalmente cerró el libro y apagó la luz, pero poco después observó un extraño resplandor que parecía proceder de la puerta. Al principio era débil; luego comenzó a extenderse por la habitación y a aumentar de intensidad.

Inquieta, vio que la puerta se abría lentamente. Del otro lado apareció aquel joven lord.

La mujer apenas tuvo tiempo de reaccionar. La figura avanzó hasta su cama, se acercó a ella y la sujetó violentamente por la muñeca mientras pronunciaba una terrible advertencia: «Hay un infierno donde se arde. Debes saberlo».

El dolor que sintió en aquel momento fue tan intenso que perdió el conocimiento. Aproximadamente media hora después consiguió recuperarse y llamó a su doncella. Cuando esta entró en la habitación, percibió, según cuenta la narración, un fuerte olor a quemado. Al examinar a su señora, descubrió una grave lesión en la muñeca, semejante a la marca de una mano, y observó además unas huellas que atravesaban la alfombra desde la puerta hasta la cama y regresaban nuevamente hacia la salida. El tejido aparecía quemado allí donde se distinguían las pisadas.

Pero todavía faltaba conocer el detalle que hizo que aquella experiencia resultara aún más perturbadora.

A la mañana siguiente, la viuda recibió la noticia de que el joven lord había muerto precisamente durante aquella noche.

No necesitamos tomar este tipo de relato privado como fundamento de nuestra fe. La doctrina católica sobre el pecado, el juicio, el Purgatorio y la necesidad de conversión no depende de historias extraordinarias. Sin embargo, la advertencia que transmite conserva toda su fuerza: no debemos jugar con nuestra eternidad ni aplazar continuamente nuestra conversión.

Tal vez tú no hayas llevado una vida de grandes desórdenes, pero también debes examinar esas faltas aparentemente pequeñas que se acumulan casi sin que las adviertas. Pregúntate cuánto tiempo dedicas verdaderamente a Dios, cómo hablas de los demás, con qué facilidad juzgas, cuánto te cuesta perdonar y cuántas veces has recibido una gracia sin responder a ella con generosidad.

La penitencia cristiana no consiste en vivir aterrorizado, sino en aprender a reparar por amor. Una buena confesión, una penitencia cumplida con fervor, el ayuno, la limosna, las obras de misericordia y las indulgencias nos ayudan a ordenar nuevamente nuestra vida hacia Dios. Lo que hoy puedes ofrecer libremente y con amor no conviene dejarlo para la purificación después de la muerte.

Esta reflexión debe llevarte también a pensar en quienes ya no tienen esa posibilidad. Quizá entre las almas del Purgatorio haya personas que durante su vida cometieron graves pecados, pero que finalmente se arrepintieron y murieron reconciliadas con Dios. Reza especialmente por ellas, porque la misericordia que tú esperas recibir debe convertirte también en instrumento de misericordia para los demás.

Ofrece una Santa Misa por tus padres, familiares y amigos difuntos, pero recuerda también a quienes llevaron una vida desordenada, a quienes se convirtieron al final de sus días y a las almas por las que nadie piensa en rezar.

Únete a nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio:

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio

Haz de esta oración una verdadera obra de caridad. Mientras tengas vida, aprovecha el tiempo que Dios te concede para confesarte, reparar y amar más; y por aquellos cuyo tiempo de merecer ya terminó, ofrece tus oraciones y el Santo Sacrificio de la Misa.

No esperes a la eternidad para arreglar con Dios aquello que todavía puedes reparar hoy.

Fuente: P. Martin Berlioux, Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio. Conocerlas, rezarles, liberarlas.

Foto: Sailko, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

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