Cuando muere una persona a la que amas, tienes la impresión de que algo se ha roto para siempre. Su lugar queda vacío, ya no escuchas su voz, no puedes volver a abrazarla y las cosas más sencillas comienzan a recordarte su ausencia. Con el paso de los años, incluso esos recuerdos pueden hacerse menos frecuentes, porque la vida continúa y nuevas preocupaciones van ocupando el espacio que antes pertenecía al dolor.
Sin embargo, para un cristiano existe una realidad mucho más profunda: la muerte puede separar los cuerpos, pero no destruye la comunión que existe entre los hijos de Dios.
Las almas del Purgatorio y nosotros pertenecemos a la misma familia sobrenatural. Ellas, como nosotros, fueron creadas a imagen de Dios, redimidas por la Sangre de Jesucristo y recibidas en la Iglesia mediante el Bautismo. Muchas se acercaron durante años al mismo altar al que nosotros nos acercamos, escucharon la misma Palabra de Dios, recibieron la misma Eucaristía y pronunciaron las mismas oraciones. Esperaron el mismo Cielo que nosotros esperamos y, una vez terminada su purificación, serán nuestras compañeras para toda la eternidad.
La doctrina de la comunión de los santos adquiere aquí una dimensión extraordinariamente concreta. La Iglesia no está formada únicamente por los cristianos que viven actualmente sobre la tierra. Existe una profunda unión entre la Iglesia peregrina, que todavía combate en este mundo; las almas que terminan su purificación; y los santos que ya contemplan a Dios en la gloria. Todos pertenecemos al mismo Cuerpo Místico de Cristo y, precisamente por eso, el sufrimiento de unos no debería resultar indiferente a los demás.
Cuando una persona de nuestra familia atraviesa una enfermedad o una necesidad grave, procuramos ayudarla. Si un hermano estuviera prisionero y pudiéramos hacer algo para obtener su libertad, difícilmente responderíamos que tenemos otras ocupaciones. Si nuestros padres necesitaran nuestra asistencia, consideraríamos natural acudir en su ayuda.
¿Por qué debería desaparecer esa caridad cuando llega la muerte?
Las almas del Purgatorio pertenecen a nuestra familia cristiana y necesitan nuestros sufragios. Ya no pueden realizar nuevas obras meritorias para sí mismas, como nosotros podemos hacerlo durante nuestra vida terrena, mientras que nosotros todavía podemos ofrecer por ellas la oración, las buenas obras, las indulgencias, nuestros sacrificios y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa.
Una historia conmovedora de la vida del padre Hermann Cohen muestra hasta dónde puede llegar este vínculo de amor entre un hijo y su madre, incluso después de la muerte.
Hermann había sido un joven artista judío, brillante y muy conocido en los ambientes mundanos de su época. Su vida cambió profundamente cuando, atraído por la Eucaristía, recibió la gracia de la conversión. Después del Bautismo abandonó aquella existencia y terminó ingresando en una orden religiosa de vida muy austera.
Desde entonces, pasaba largas horas delante del Santísimo Sacramento. Había dejado atrás sus antiguas ambiciones, el bienestar y las posibilidades que el mundo le ofrecía, pero conservaba intacto un amor profundamente filial por su madre. Y había algo que pedía insistentemente a Jesús durante sus adoraciones: su conversión.
Rezaba por ella una y otra vez. Esperaba que aquella mujer a quien tanto amaba recibiera también la gracia de reconocer a Cristo.
Pero la conversión que esperaba no llegó de la manera que él había imaginado.
Su madre murió.
La noticia cayó sobre Hermann con una violencia terrible. No era solamente el dolor natural de un hijo que pierde a su madre. A aquel sufrimiento se añadía una angustia mucho más profunda: durante tanto tiempo había suplicado por su conversión y ahora todo parecía haber terminado.
Destrozado, fue a postrarse delante del Tabernáculo.
Allí, ante Jesucristo presente en la Eucaristía, dejó finalmente salir todo aquello que llevaba dentro. Le recordó al Señor cuánto había abandonado desde el momento de su conversión. Había entregado su juventud, sus esperanzas mundanas, el bienestar, las alegrías de la vida familiar y hasta aquella tranquilidad legítima que podría haber conservado. Si Dios le hubiera pedido su sangre, decía, también se la habría dado.
Y, sin embargo, existía una única gracia que había pedido con toda la fuerza de su corazón: el alma de su madre.
En medio de los sollozos, llegó casi al límite de la queja. No comprendía cómo el Dios al que había entregado todo podía haber permitido que su madre muriera sin que él hubiera contemplado la conversión por la que había rezado durante tanto tiempo.
Según relata esta tradición espiritual, recibió entonces interiormente una respuesta que transformó completamente su dolor.
Se le hizo comprender que había desconfiado demasiado pronto. Ninguna de aquellas oraciones se había perdido. Dios las había recogido una por una y, en el momento decisivo, su misericordia había alcanzado a aquella mujer. En su última hora habría recibido una gracia extraordinaria de conversión y reconocido finalmente al Señor.
Su madre estaba salvada, pero todavía necesitaba purificación.
La respuesta que recibió Hermann contenía además una promesa consoladora: las súplicas fervientes que durante tantos años había ofrecido por ella continuarían ayudándola y contribuirían a liberarla del Purgatorio. Más tarde, según el mismo relato, el religioso tuvo la consolación de saber que su madre había terminado aquella purificación y entrado en el Cielo.
No debemos convertir una experiencia espiritual privada en fundamento de nuestra fe ni sacar de ella conclusiones generales sobre lo que sucede en cada muerte. Pero el episodio transmite una enseñanza perfectamente coherente con la caridad cristiana: nunca debemos considerar inútiles las oraciones ofrecidas por las personas que amamos. La manera en que Dios las utiliza pertenece a su Providencia.
Esta historia nos lleva inevitablemente a pensar en nuestros propios padres.
¿Cuántas cosas hemos recibido de ellos que quizá nunca podremos devolver? La vida, los cuidados de la infancia, noches sin dormir, preocupaciones que solamente comprendemos muchos años después, sacrificios económicos que quizá nunca conocimos, consejos que en su momento no quisimos escuchar y una multitud de pequeñas renuncias que formaron parte silenciosamente de nuestra educación.
Cuando nuestros padres envejecen, intentamos devolverles una pequeña parte de aquello que recibimos. Pero llega un momento en que la muerte parece hacer imposible continuar pagando esa deuda de gratitud.
La fe cristiana nos dice que no es así.
Si tu padre o tu madre han muerto, todavía puedes hacer algo extraordinariamente valioso por ellos. Puedes pedir que se celebre una Misa por sus almas, ofrecer una comunión, ganar una indulgencia, rezar el Rosario o aceptar algún sacrificio cotidiano por su purificación. Aquello que ya no puedes expresar mediante un abrazo, una visita o una palabra puede convertirse ahora en sufragio.
Y esta responsabilidad no se limita a nuestros padres. Entre esas almas pueden encontrarse hermanos, abuelos, esposos, hijos, amigos y personas que formaron parte de nuestra vida. Tal vez algunos murieron hace tantos años que casi nadie vuelve a pronunciar sus nombres. Quizá durante los primeros meses se celebraron Misas y se rezó mucho por ellos, pero poco a poco las oraciones fueron disminuyendo hasta desaparecer.
No permitas que el paso del tiempo los convierta en olvidados.
Hay, además, una pregunta más delicada que debemos atrevernos a considerar delante de Dios: ¿es posible que nosotros mismos hayamos contribuido alguna vez a las faltas de quienes ahora han muerto?
Tal vez dimos un mal ejemplo, alimentamos un resentimiento, participamos en una murmuración o dejamos de decir una palabra que habría podido acercarlos a Dios. Quizá quedaron entre nosotros heridas que nunca fueron reparadas, discusiones sin resolver, un perdón que no concedimos o palabras duras que ya no podemos retirar.
No se trata de atormentarnos inútilmente por el pasado, sino de transformar ese recuerdo en una obra de reparación. Si ya no puedes pedir personalmente perdón a alguien que murió, puedes rezar por él. Si no hiciste durante su vida todo el bien que hubieras podido hacerle, todavía puedes llevar su nombre al altar y encomendarlo a la misericordia de Dios.
San Juan exhortaba a los primeros cristianos a no amar solamente de palabra, sino con obras y de verdad. Esa enseñanza conserva toda su fuerza cuando pensamos en nuestros difuntos. Decir que nunca olvidaremos a nuestros padres es hermoso, pero podemos hacer mucho más que conservar su recuerdo: podemos seguir ayudándolos.
Por eso te invitamos a formar parte de nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio, donde la comunión de los santos se convierte en una obra concreta y perseverante de oración.
Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio
Rezamos por nuestros seres queridos, pero también por aquellas almas abandonadas cuyos familiares ya murieron, perdieron la fe o simplemente dejaron de recordarlas.
Hoy puedes comenzar por algo muy sencillo. Piensa en el nombre de tu padre, de tu madre, de tus abuelos o de alguna persona querida que haya muerto. Pregúntate cuánto tiempo ha pasado desde la última Misa que ofreciste expresamente por esa alma y vuelve a encomendarla a Dios.
Un día nosotros ocuparemos el lugar de quienes hoy necesitan nuestras oraciones.
Entonces comprenderemos plenamente el valor que puede tener una Misa, un Rosario, una indulgencia o un sacrificio ofrecido por amor.
Mientras tanto, no olvides a los tuyos. La muerte los ha apartado de tus ojos, pero no los ha separado de la Iglesia ni ha destruido los vínculos de la caridad.
Si los amaste durante su vida, continúa amándolos después de su muerte. Reza por ellos, ofrece la Santa Misa y haz que tu amor se convierta en una verdadera obra de misericordia.
Fuente: P. Martin Berlioux, Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio. Conocerlas, rezarles, liberarlas.
Foto: Sailko, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons
