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“Cuando celebro la Misa por mi padre, siento que no lo he perdido”

¿Qué sucede cuando una persona muere en amistad con Dios, pero todavía no está completamente preparada para entrar en el Cielo? La fe católica responde a esta pregunta con la doctrina del Purgatorio, que no debe entenderse como una segunda oportunidad después de la muerte ni como un estado incierto entre la salvación y la condenación. Las almas que se encuentran allí están salvadas, pertenecen a Dios y tienen la certeza de que un día lo contemplarán cara a cara; sin embargo, necesitan todavía una purificación antes de entrar en su presencia.

Esta doctrina nos permite comprender mejor cómo se unen la justicia y la misericordia divinas. Dios perdona al pecador que vuelve sinceramente a Él, pero el perdón no significa necesariamente que hayan desaparecido todas las consecuencias de nuestros pecados. Podemos llegar al final de nuestra vida conservando apegos desordenados, faltas veniales o una reparación que no hemos completado. Basta mirar nuestra propia existencia con sinceridad para reconocer cuánto nos falta todavía para amar a Dios con un corazón enteramente puro.

Por eso, el Purgatorio, aun siendo un estado de sufrimiento y expiación, es también una manifestación de la misericordia. El alma que pertenece a Dios no es rechazada porque todavía conserve imperfecciones, sino que es purificada de ellas. Los antiguos autores espirituales comparaban esta acción con el oro que pasa por el crisol para recuperar todo su brillo, e incluso Tertuliano utilizó una expresión particularmente fuerte al hablar de los «tormentos de la misericordia». El sufrimiento es real, pero no conduce a la desesperación: tiene un término y prepara al alma para una felicidad que ya no tendrá fin.

Esta verdad adquiere un significado muy distinto cuando deja de ser una cuestión teológica y toca a alguien a quien amamos.

Un sacerdote lo comprendió de una manera especialmente dolorosa cuando, encontrándose lejos de su familia, recibió la noticia de que su padre acababa de morir.

La distancia le había impedido acompañarlo durante sus últimas horas. No había podido abrazarlo por última vez, permanecer a su lado ni cerrar aquellos ojos que tantas veces lo habían mirado con afecto. Había, además, un recuerdo que aumentaba su dolor: su padre acostumbraba besar con cariño las manos de su hijo, especialmente desde que habían sido ungidas en la ordenación sacerdotal. Aquellas manos que todos los días elevaban la Hostia consagrada sobre el altar no habían podido estrechar las de su padre en el momento de la despedida.

Poco después, predicando precisamente sobre el Purgatorio, el sacerdote contó esta experiencia a sus fieles. Confesó que la noticia había quebrantado su corazón, pero añadió que, en medio de aquella pena, encontraba un consuelo inmenso: todavía podía hacer algo por su padre.

Cada vez que subía al altar y ofrecía el Santo Sacrificio por el descanso de su alma, tenía la impresión de que la muerte no había roto completamente el vínculo entre ambos.

Ya no podía acompañarlo corporalmente, pero podía encomendarlo a Cristo. Ya no podía aliviar ninguna de sus necesidades terrenas, pero podía pedir a Dios que purificara su alma, abreviara sus penas y le concediera cuanto antes la entrada en el Cielo. Por eso decía a sus fieles que, al celebrar la Misa por su padre, le parecía que no lo había perdido del todo, porque continuaba ejerciendo hacia él la caridad de un hijo.

Comprendía entonces de una manera nueva aquella antigua enseñanza de la Escritura según la cual es una obra santa y saludable rezar por los muertos.

También tú puedes continuar haciendo algo por las personas que amaste. La muerte te impide volver a hablar con tus padres, abuelos, hermanos o amigos, pero no impide que reces por ellos. El vínculo de la caridad cristiana no desaparece ante una tumba, porque la Iglesia reúne en una misma comunión a quienes peregrinan todavía en la tierra, a quienes se purifican y a quienes ya gozan de Dios.

Conviene, por eso, no apresurarse a considerar que nuestros difuntos ya no necesitan ninguna ayuda. Es natural esperar que estén en el Cielo y confiar plenamente en la misericordia de Dios, pero esa esperanza no debería llevarnos a dejar de rezar. Los santos continuaban ofreciendo sufragios durante años por las personas que habían amado, precisamente porque sabían que una oración nunca se pierde delante de Dios.

Puedes hacer lo mismo.

Recuerda a tus difuntos durante la Misa, ofrece por ellos el Rosario, una comunión, una indulgencia o las pequeñas dificultades de cada día. Sobre todo, pide que se celebre una Santa Misa por su descanso eterno, porque en ella no ofrecemos solamente nuestra pobre oración, sino que presentamos al Padre el mismo Sacrificio de Cristo.

Tal vez hayan pasado veinte o treinta años desde la muerte de alguien de tu familia y haga mucho tiempo que nadie ofrece una Misa por su alma. Tal vez exista entre tus antepasados una persona cuyo nombre apenas recuerdas y por quien ya nadie reza.

No importa cuánto tiempo haya transcurrido: encomiéndala nuevamente a Dios y deja que la caridad llegue allí donde tú no puedes llegar.

Esta es también la razón por la que te invitamos a formar parte de nuestro Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio, una comunidad unida para rezar por nuestros difuntos y por tantas almas olvidadas que quizá ya no tienen a nadie que las encomiende especialmente.

Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio

El Purgatorio nos recuerda, finalmente, que la misericordia de Dios puede completar aquello que nuestra debilidad dejó imperfecto, pero también que nosotros tenemos una responsabilidad hacia quienes nos precedieron.

No permitas que el recuerdo de tus seres queridos quede reducido a una fotografía, a unas flores en el cementerio o a la nostalgia de lo que viviste con ellos.

Transforma ese recuerdo en oración y esa oración en una verdadera obra de caridad.

Ofrece una Misa por ellos y encomiéndalos con perseverancia al Señor. Quizá sea una de las formas más profundas de seguir amándolos mientras esperas el día en que, por la misericordia de Dios, puedas volver a encontrarlos en el Cielo.

Fuente: P. Martin Berlioux, Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio. Conocerlas, rezarles, liberarlas.

Foto: Pierre Paul Rubens, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

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