Cuando pensamos en el Purgatorio, solemos imaginar únicamente un fuego purificador. Sin embargo, los grandes maestros de la vida espiritual enseñan que existe un sufrimiento todavía más profundo: el remordimiento de haber amado tan poco a Dios cuando aún era posible hacerlo.
Las almas del Purgatorio ya no pueden pecar. Aman a Dios con todo su ser y saben con absoluta certeza que un día lo contemplarán cara a cara. Pero precisamente porque ahora ven con claridad la santidad infinita del Señor, comprenden también cuánto dejaron de amarlo durante su vida en la tierra.
Tú y yo apenas percibimos muchas veces nuestras faltas. Nos acostumbramos a ellas, las justificamos o las consideramos insignificantes. Un examen de conciencia apresurado, una confesión superficial o la costumbre de posponer la conversión pueden hacernos creer que todo marcha bien.
Pero después de la muerte ya no existen las excusas.
El alma contempla toda su existencia iluminada por la verdad de Dios. Descubre palabras que hirieron, ocasiones de hacer el bien que dejó pasar, egoísmos que parecían pequeños, pecados nunca confesados con verdadero arrepentimiento, gracias recibidas que no dieron fruto. Entonces comprende que, con la ayuda de Dios, podría haber vivido mucho más santamente.
Ese conocimiento produce un dolor inmenso. No porque Dios quiera humillarla, sino porque el amor verdadero hace sufrir cuando descubre todo lo que pudo haber ofrecido y no ofreció.
¡Cuánto bien habríamos podido hacer! Tal vez una penitencia aceptada con generosidad, una confesión sincera, un acto de caridad, una oración más perseverante o una cruz llevada con paciencia habrían purificado ya nuestra alma en esta vida.
Por eso la Iglesia nos invita a convertirnos hoy. Mientras vivimos todavía podemos reparar, pedir perdón, confesarnos, hacer penitencia y crecer en el amor. Después de la muerte ya no podremos ganar méritos para nosotros mismos.
El canciller Gerson narra un hecho que ilustra esta realidad con una fuerza extraordinaria.
Una madre, olvidada desde hacía mucho tiempo por su propio hijo, obtuvo de Dios el permiso para aparecérsele.
Con voz llena de tristeza le dijo: «¡Hijo mío, piensa en tu pobre madre, que tanto sufre! La Justicia de Dios me hace expiar las faltas de mi vida. Pero el tormento más insoportable no son las llamas, sino el remordimiento de haber amado tan poco a Dios después de haber recibido tantas gracias.
¡Cómo pude ofender a un Dios tan santo, tan bueno y tan generoso! Ese recuerdo me atraviesa sin cesar como un puñal. Es un gusano que no deja de roer mi alma y me hace derramar lágrimas de dolor. Sin embargo, reconozco que Dios es perfectamente justo. Si sufro, es por mi culpa.
Si todavía me amas, ten compasión de mí. Reza por mi alma. Arráncame este dolor. Ábreme las puertas del Cielo. Y te pido algo más: sirve a Dios mejor que yo y procura morir con un corazón lleno de contrición.»
Aquel hijo escuchó el llamado de su madre. Desde entonces rezó con fervor por ella y, fiel a aquella advertencia, vivió santamente hasta alcanzar una santa muerte.
También tú puedes escuchar hoy esa misma voz.
Quizá tus padres, tus abuelos o algún familiar fallecido no puedan hablarte visiblemente, pero necesitan tu ayuda. Tal vez esperan una oración, un rosario, un sacrificio ofrecido con amor o una Santa Misa celebrada por su descanso eterno.
Y al mismo tiempo, su situación te deja una enseñanza para tu propia vida.
No esperes al último momento para convertirte. Haz un examen de conciencia serio. Acércate con frecuencia al sacramento de la Reconciliación. No retrases las obras de caridad. Acepta con paciencia las cruces que Dios permite en tu camino. Las penitencias y sufrimientos vividos con amor pueden convertirse en una purificación que te prepare para el encuentro definitivo con el Señor.
No desaproveches las gracias que Dios te concede cada día. Los sacramentos, la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y el ejemplo de tantos santos son ayudas inmensas para caminar hacia la santidad.
Y no olvides nunca a quienes ya partieron. Reza por ellos. Ofrece sacrificios. Manda celebrar una Santa Misa por sus almas. Es el mayor acto de caridad que puedes hacer por quienes tanto amaste.
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Oratorio Virtual por las Almas del Purgatorio
Juntos podemos acompañar con nuestra oración a las almas que esperan la plenitud del Cielo y, al mismo tiempo, preparar nuestra propia eternidad viviendo hoy con mayor amor, mayor fidelidad y una sincera conversión.
Fuente: “Un mes con nuestros amigos: las almas del Purgatorio.Conocerlas, rezarles, liberarlas.” Padre Martin Berlioux
Foto: Wolfgang Sauber, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
