Por las leyes de la reciprocidad y la analogía, todo indica que, a medida que Nuestra Señora fue dando elementos de su cuerpo a su Divino Hijo, por reciprocidad Él también dio, por así decirlo, su espíritu a su Santísima Madre. Ella creció en unión con Él de una manera tan insondable que no podemos ni imaginar. Ella tenía la capacidad de progresar en la virtud, y no dejó de progresar hasta el último momento de su vida.
Por lo tanto, durante todo el tiempo de su gestación Ella experimentó un progreso enorme, insondable y maravilloso, que fue como una especie de símil espiritual de la gestación. En la medida en que María daba su carne y su sangre para formar la santísima humanidad del Hijo, Dios se entregaba también a su alma y, por así decirlo (entre comillas, claro), iba “divinizando” su alma. De modo que en la noche de Navidad, cuando la obra más pura de las entrañas de María estaba próxima a nacer, la unión con su Hijo había alcanzado una cumbre insondable. Estaba preparada para ser, en todo el sentido de la palabra, la Madre del Redentor.
En cierto sentido, se puede decir que María Santísima, como madre, engendró al Hijo. Pero en otro sentido también se puede decir que Él, como Hijo, preparó en Ella a la madre perfecta. Por una paradoja, el Hijo engendró a la madre y también el alma que Ella necesitaba tener para ser la Madre Santísima de nuestro Divino Salvador. Esta alma alcanzó su plena perfección para cumplir el papel de Madre de Dios, precisamente en el momento en que nació el Hijo de Dios.
Probablemente en la noche de Navidad, en el momento en que tuvo lugar el nacimiento virginal del Niño Jesús, se haya producido un éxtasis sublime en el que la Santísima Virgen fue elevada a una intimidad superlativa con la Santísima Trinidad. En ese sublime momento Ella dio a luz virginalmente al Verbo de Dios.
No debemos imaginarnos a la Virgen María como se la representa a veces en algunas ilustraciones, medio dormida, con el Niño recién nacido a su lado. No es incorrecto ni inapropiado representarlo así, porque un cuadro no puede representarlo todo. Pero la realidad espiritual que está en el fondo no se circunscribe únicamente a este aspecto, sino que debería representarse en un éxtasis, un arrebato como no ha tenido lugar en la vida de ningún santo. Durante este éxtasis, su alma alcanzó una plenitud a la que habrían de seguir otras plenitudes, pues la Virgen Madre crecía en gracia, de plenitud en plenitud, de perfección en perfección, hacia la integridad de la santidad que alcanzó en el último instante de su vida en la tierra.
Fuente: https://www.tesorosdelafe.com/articulo-1655-navidad
Foto: Sailko, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons
